Juan J. Sánchez (Unidad y Lucha).— Un año más, como se viene haciendo desde hace más de cien años , la clase obrera ha conmemorado su día. Y, como desde el nacimiento del capitalismo, esta fecha vuelve a estar marcada por la violencia estructural del capital. Una violencia que hoy se disfraza con más sutileza, presentada como si fuera parte del “orden natural” de las cosas.
Pero nada de esto es natural. Los asesinatos en los tajos son fruto de la precariedad. La depreciación continua del salario mientras aumenta la riqueza de una minoría parasitaria. La violación y anulación sistemática de derechos laborales conquistados con lucha. La precariedad estructural, el fraude de ley contractual, la temporalidad forzada, la amenaza permanente del despido. Es un largo catálogo de sobreexplotación y represión que sufren millones de trabajadoras y trabajadores, que ue sí son naturales en las leyes y reglas capitalistas, pero que para nada gozan de ese carácter natural en la conciencia y cultura proletaria.
Y desde las instituciones políticas y económicas —las mismas que legislan para el capital— se pretende hacer pasar todo esto por algo inevitable, casi biológico. Incluso existe un sindicalismo domesticado que contribuye a esta mentira, que naturaliza la explotación en vez de organizar la resistencia.
La clase obrera debe saberlo: si algo se repite cada año no es la fiesta, es la violencia del capital. Y si algo puede romper ese ciclo, no es la resignación, sino la organización consciente, la unidad de clase y la lucha colectiva.
Ante el panorama de crisis general de un sistema agotado, un sistema capitalista-imperialista que solo ofrece guerra, opresión, miseria y muerte a millones de seres humanos, pretender seguir presentando este desolador escenario como “orden natural” de las cosas ya no se sostiene más allá del relato orquestado y diseñado para intentar contener la fuerza arrolladora de la clase obrera y las masas trabajadoras.
La clase obrera y las amplias masas trabajadoras, a las que lamentablemente se les ha adormecido la conciencia de clase, han sido inducidas a creer que la historia del movimiento obrero y de sus aspiraciones se detuvo —o incluso retrocedió— en diciembre de 1991. Pero lo ocurrido en aquel fatídico año no significó el fin de la historia ni el fin de la lucha de clases.
El capitalismo no retrocede en su desarrollo; por el contrario, el imperialismo se impone y se expande a escala planetaria. Esta expansión implica que el capital se presente sin máscaras, ejerciendo toda la violencia necesaria para incrementar su tasa de ganancia.
La actual situación de desmoralización y desmovilización solo puede revertirse mediante una intervención consciente, organizada y científica por parte de la vanguardia. Ante esta cuestión existe un amplio catálogo de recetas, pero es necesario extraer algunas líneas que nos permitan comprender qué no hacer y qué hacer.
Cuando situamos el concepto de unidad obrera, solemos enmarcarlo casi exclusivamente en el proyecto de unidad entre elementos sindicales. Desde posiciones leninistas, esta reducción no es del todo correcta. Cuando hablamos de espacios comunes de las masas trabajadoras no nos referimos únicamente —ni principalmente— a escenarios sindicales.
Los espacios comunes de la clase obrera son aquellos en los que la contradicción capital-trabajo se desarrolla y se expresa de manera directa: los centros de trabajo, los procesos productivos, los conflictos cotidianos donde obreras y obreros toman conciencia de su posición frente a la propiedad de los medios de producción.
Es en esos espacios donde el Partido Comunista debe organizar, orientar y dirigir las luchas, elevándolas desde la experiencia inmediata hasta la comprensión política del conflicto y su proyección estratégica. Cuando hablamos del nivel de conciencia ideológica y política de las masas, hoy claramente insuficiente, las y los comunistas debemos trabajar para que el contenido ideológico y político de nuestras propuestas jamás se rebaje a la mera reivindicación puntual o momentánea. Sin renunciar a determinadas mejoras, debemos elevar la conciencia hacia estadios revolucionarios capaces de luchar por la derrota del sistema.
Pero nunca dejaremos de situar —y trabajar para consolidar— la necesidad de que las masas trabajadoras cuenten con un referente sindical a la altura del periodo histórico, marcado por una gran batalla entre clases. Año tras año, conflicto tras conflicto, se pierde la oportunidad de iniciar el camino que debe culminar en la creación de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT). Como si de adolescentes enamoradizos se tratase, todas y todos esperan la llamada de la otra parte, mientras el capital está cada vez más y mejor sindicalizado.
El panorama sindical en el Estado español puede considerarse desolador. Los dos sindicatos denominados “agentes sociales” insisten en practicar la fraternidad de clases, perjudicando los intereses de las masas trabajadoras. Los sindicatos llamados “de clase” en demasiadas ocasiones no mejoran el papel de los sindicatos del pacto social. Pero lo más preocupante y peligroso para los intereses de las masas trabajadoras es que su supuesta voluntad de superar la división y el fraccionamiento —que debilitan las posibilidades de victoria sobre el capital— queda sumergida en una retórica enfermiza, desde la cual se pretende hacer creer que existe voluntad real de unidad. Las y los comunistas debemos trabajar entre las masas con la orientación clara de superar esta situación nociva y malvada de división.
Debemos organizar al sujeto revolucionario, la clase obrera, para que, desde su independencia ideológica y política frente al capital y su dictadura, sea ella quien eleve y estructure la unidad de clase. Las masas trabajadoras no pueden ni deben seguir esperando a quienes se niegan a trabajar por esa unidad.
Es el Partido Comunista, PCPE, y su militancia quienes deben orientar y organizar a la clase obrera en su misión histórica de convertirse en los sepultureros del capital. Esta afirmación no puede tratarse como una simple consigna de campaña: se trata de una tesis científica formulada por Engels, que fundamenta todo el desarrollo de la lucha de clases desde el propio nacimiento del capitalismo. Siendo conscientes de la exactitud de esta tesis, los comunistas no podemos dejar al libre albedrío de sujetos ajenos a la formulación científica del marxismo-leninismo la dirección de la batalla de clases que debe conducir al fin del capitalismo y a la continuación de la historia desde el socialismo. Trabajemos y luchemos por la unidad de la clase obrera.

