Edurne Batanero (Unidad y Lucha).— Este mes dedicamos nuestro espacio reivindicativo y de memoria de “La Mujer Nueva” a Fátima Ftouni, periodista asesinada el 28 de marzo de este 2026 en un ataque israelí al vehículo de prensa en el que iba con su hermano, fotoperiodista Mohamad Ftouni, y el periodista Ali Shoaib, cerca de Jezzine, sur del Líbano.
Uno de los dos últimos mensajes públicos que dejó dice así: «Estamos en primera línea, siguiendo los acontecimientos minuto a minuto, con cada disparo, ráfaga, misil y ataque. Nuestro mensaje es claro y daremos la vida por él.». Cada periodista que informa de la sucia guerra que está librando el ente sionista supone una amenaza para él, y sus ataques a quienes portan el chaleco de prensa lo dejan claro. El asesinato de Fátima no puede reducirse a un dato más en la estadística de periodistas silenciadas, porque Fátima no era solo una víctima: era una voz construida a lo largo de años de estudio, compromiso y trabajo constante.
Formada en el ámbito del periodismo y la comunicación, Fátima entendió pronto que informar no era repetir, sino interrogar. Sus años de estudios no fueron una simple acumulación de conocimientos técnicos, sino un proceso de toma de conciencia. Aprendió a leer entre líneas, a identificar las estructuras de poder que moldean los discursos y a utilizar la palabra como herramienta crítica.
Su trayectoria profesional estuvo marcada por esa convicción. No eligió los caminos cómodos ni las redacciones que premian la neutralidad impostada. Optó por espacios donde el periodismo sigue siendo, pese a todo, una forma de resistencia. Sus textos abordaban cuestiones incómodas: las desigualdades sociales, las violencias invisibilizadas, las realidades que rara vez ocupan portadas. Escribía desde una mirada que no separaba lo personal de lo político, consciente de que toda narración implica una toma de posición.
Fátima era, además, parte de una generación de mujeres periodistas que han tenido que abrirse paso en entornos hostiles, donde la credibilidad se cuestiona y la voz se interrumpe. En ese contexto, su trabajo no solo consistía en informar, sino también en sostenerse, en persistir, en no ceder ante las presiones que buscan domesticar el discurso.
Su asesinato, por tanto, no es solo la interrupción de una carrera. Es el intento de cortar una trayectoria que había elegido conscientemente incomodar. Y ahí radica su dimensión política. Porque no se silencia a quien no molesta. No se elimina a quien no cuestiona. Mientras muchos medios sesgan y manipulan la información, conviene recordar qué hacía Fátima y por qué lo hacía. No escribía desde la distancia, sino desde la implicación. No hablaba para tranquilizar, sino para sacudir. Y eso exige una valentía que no siempre se reconoce, pero que resulta imprescindible.
Porque si algo dejó claro la vida de Fátima Ftouni es que la palabra puede ser incómoda, pero también necesaria. Y que quienes intentan acallarla no temen al ruido, sino a lo que ese ruido puede transformar.


