Cuando la ciudad duerme, la mafia despierta (y II)

Lynx "El Lince" pardinus

» Cuando la ciudad duerme, la mafia despierta (I)

 

Así que aquí estamos, en que Cuba desprecia el método ruso de la «perestroika» (otra vez, ya lo hizo en 1991 cuando el «período especial») y apuesta claramente por el método chino. Y lo hace porque el método chino ha demostrado su vigencia para la supervivencia y desarrollo de un país que mantiene, mal que les pese a muchos, especialmente a los defensores de las centenarias tortugas de las Galápagos, una importante infraestructura socialista. Esta es la lección que Cuba ha terminado aprendiendo, tarde, pero lo está haciendo.

No hay que olvidar que Gorbachov privatizó sectores estratégicos clave de la URSS y desmanteló sus agencias de planificación de la noche a la mañana mientras que China procedió con cautela y pragmatismo haciendo lo contrario que se hizo en los últimos años de la URSS. Por ejemplo, suavizando las restricciones al capital privado, manteniendo sectores estratégicos bajo control público; preservó y mejoró gradualmente su sistema de planificación; el sector público se fortaleció en lugar de disolverse; y, lo más importante, el poder político del Partido Comunista nunca fue cuestionado. Sobre Deng Xiaoping se ha escrito mucho, pero hay algo en lo que la clavó cuando defendió los «Cuatro Principios Cardinales»: el liderazgo del PC es innegociable, la vía socialista de China es innegociable; teniendo esto en cuenta, se permite operar a los mercados, ampliando los proyectos exitosos y abandonando lo que suponga un fracaso. Y no olvidéis tampoco que Deng se apoyó en Zhou Enlai, quien pese a morir dos años antes de que Deng lanzase su propuesta, ya había comenzado a diseñar la misma senda: «los mecanismos de mercado pueden utilizarse como instrumentos para desarrollar las fuerzas productivas, siempre que permanezcan subordinados al poder político de la clase trabajadora y a la construcción socialista».

Vuelvo a decir que esto se basa en la NPE de Lenin, y el propio Lenin lo dijo con claridad: «no debemos temer el crecimiento de la pequeña burguesía y el pequeño capital; lo que debemos temer es la hambruna prolongada, la miseria y la escasez de alimentos». Indudablemente Deng llevó la NPE leninista al límite, pero los resultados de China son innegables a nivel interno y externo: quiérase o no, China sigue siendo un país socialista liderado por el Partido Comunista, ha sacado a cientos de millones de personas de la pobreza y ahora se erige como el defensor más ferviente de la causa multipolar y antiimperialista global. Mucho más que Rusia, por supuesto.

¿Y los «progres» qué? Ya digo que no dan ni medio céntimo por Cuba, a la que dan por perdida. Curioso que lo hagan cuando son incapaces de ir más allá de su manzana, si es que llegan, en la sociedad en la que viven. Véase el caso español, sin ir más lejos, y quienes estén allende los mares que hagan lo mismo con sus países respectivos. Y luego que juzguen, si es que pueden, a una isla que lo ha dado todo por su población y por la emancipación de los pueblos. Como recordatorio, Sudáfrica seguiría con el apartheid y Namibia no sería hoy independiente, y Angola no sería el país que es hoy, sin la victoria de Cuito Canavale. Por eso lo primero que hizo Nelson Mandela cuando fue excarcelado fue visitar a Cuba y a Fidel Castro.

La apuesta de Cuba hoy es la misma que tuvo éxito en China: mantener a un sector privado emergente en una posición subordinada y dependiente, en lugar de permitirle convertirse en un rival en ascenso. Mientras persista esta situación, Cuba seguirá el camino de las reformas y la apertura chinas, no el de la «perestroika» soviética.

Mientras que Rusia hace hoy lo mismo que hizo Yeltsin en 1991, o sea, nada o muy poco (como el acuerdo farmacéutico recientemente firmado), es China quien está dando la cara y donde el bloqueo es más letal: la cuestión energética. He dicho, y repito, que Rusia, mientras estén los euroatlánticos en el control del Kremlin, nunca se va a enfrentar a EEUU y que el petrolero que llegó fue con acuerdo con EEUU, lo que permitió salvar la cara tanto a Trump como a Putin.

Pero lo de China es otra historia. Gracias al apoyo chino, Cuba ha triplicado su producción de energía solar y ahora ya supone el 20% del total de generación de electricidad, además de financiar un programa de 92 plantas solares que se espera cubran casi la mitad de las necesidades de electricidad diurna de Cuba para 2028, y su cooperación en el sector energético abarca equipos para la red eléctrica, almacenamiento de baterías y asistencia técnica. Como dicen en Cuba, «cada kilovatio que Cuba produce a partir del sol es un kilovatio que el bloqueo energético no puede alcanzar». Eso por no hablar de las toneladas de arroz enviadas a la isla (60.000 toneladas enviadas desde que comenzó el acoso de EEUU este año, las últimas 15.000 toneladas llegaron el 30 de junio a Santiago de Cuba). Ya lo ha dicho el Secretario del Tesoro de EEUU respecto a cómo China es el único país del mundo que no se doblega ante EEUU al decir, refiriéndose a Irán, que «solo China se atreve a comprar petróleo iraní; los demás temen nuestras sanciones». Eso vale para todos también respecto a cómo se comportan con Cuba y el petróleo: Rusia, México, Brasil,…

Además, el 4 de junio tuvo lugar un seminario teórico conjunto chino-cubano en La Habana (con la sorprendente participación también del embajador ruso) sobre «modernización socialista mediante la planificación del desarrollo científico».

Para un país asediado que atraviesa una delicada y arriesgada transición económica, la existencia de China como aliado, una China que proporciona alimentos, tecnología, inversión y apoyo diplomático, no es un factor insignificante.

Pero siempre habrá quien diga que es una victoria para Trump y Rubio. Sin embargo, no tiene nada que ver con la claudicación de Venezuela. Porque Cuba sigue haciendo internacionalismo donde puede y se la llama, como con el tema de los médicos. Y nunca olvidéis que Cuba internacionalista manda más médicos al mundo que la OMS, UNICEF y Médicos sin Fronteras juntos. Eso es internacionalismo y lo demás, tonterías. Y porque lo que busca EEUU no es otra cosa que un retorno al país pre-revolucionario, un paraíso para el capital extranjero y una colonia de facto.

¿Hay riesgos? Sí. Pero conociendo a los cubanos, la postura que acaban de adoptar se basa en una idea con la que China lleva experimentando casi 50 años: un Estado socialista que conserva el poder político, la propiedad pública de infraestructuras estratégicas y el control sobre la planificación y la redistribución puede utilizar los mercados y el capital extranjeros para desarrollarse sin volverse dependiente de ellos. Dependerá de la capacidad del PCC para superar la inercia burocrática.

Por lo tanto, el rechazo de Cuba al socialismo no es real y los cambios propuestos están siendo malinterpretados por los de siempre. La economía de la isla es ahora una construcción única y completamente artificial, como un traje de supervivencia.

EEUU sigue buscando el derrocamiento del gobierno, pero el PCC es fuerte y no hay nada, ni visos, de qué lo reemplazaría. Ni siquiera hay una Machado con Nobel para las fotos. Y Cuba puede que haya hecho una oferta que ha paralizado a EEUU: consultas sobre la compensación por las propiedades estadounidenses nacionalizadas durante los primeros años del gobierno revolucionario aunque contabilizando antes las pérdidas que Cuba sufrió y sufre a causa del embargo ilegal estadounidense. Por eso la supuesta «justicia» de EEUU acaba de fallar diciendo que una cosa está bien, la primera, pero otra no, la segunda.

Antes de Fidel Castro, las propiedades de los ciudadanos estadounidenses en la isla consistían en hoteles, burdeles, casinos y plantaciones de caña de azúcar, donde —y cabe recalcar esto— se explotaba a la población. No existían otros activos económicos significativos, y los verdaderos dueños solían ser mafiosos. Por ejemplo, el casino más grande pertenecía a Meyer Lansky, fundador del Sindicato Nacional del Crimen, apodado «el contable de la mafia», y la nacionalización cubana prácticamente lo arruinó. El segundo actor más importante era la familia Trafficante, con sede en Florida, que posteriormente asesoró a la CIA en los intentos de asesinato de Fidel Castro.

Una de las razones por las que EEUU reaccionó con tanta calma ante la revolución y el derrocamiento de Batista fue precisamente esta: Cuba se estaba convirtiendo en un paraíso para los mafiosos. Sin duda, tienen herederos, pero pagarles una indemnización pondría al gobierno estadounidense en una situación incómoda. Pero como las cosas no han salido bien en Irán, EEUU aún tiene a Cuba en el punto de mira, así que si la propuesta cubana es aceptada, y a Trump lo que le fascina es el dinero, veremos cómo se compensa a los herederos de la mafia estadounidense. Esto recordará una vez más a todos cómo es EEUU y su política exterior: cuando la ciudad duerme, la mafia despierta.

El Lince

El fútbol sigue siendo del pueblo

El fútbol sigue siendo del pueblo

Hay derrotas que valen más que muchas victorias. La selección de Cabo Verde cayó por 3-2 ante la vigente campeona del mundo, pero salió del campo con algo que no siempre concede el marcador: el respeto de millones de personas que aman el fútbol como un deporte y no como una simple industria.

Mis respetos para Cabo Verde. También para el Congo, Costa de Marfil, Ghana, Irán y para todas esas selecciones que, con muchos menos recursos, recuerdan al mundo que el fútbol nació en los barrios, en las calles de tierra, en las plazas y en los descampados, no en las oficinas de los fondos de inversión ni en los consejos de administración de las multinacionales.

Argentina ganó, sí. Pero no fue superior durante buena parte del encuentro a un grupo de trabajadores del fútbol que compitieron de tú a tú, sin complejos y sin rendirse jamás. Cabo Verde se despide sin haber perdido un solo partido en el tiempo reglamentario de este Mundial. Eso dice mucho de un equipo que ha convertido el esfuerzo colectivo en su mayor virtud.

Marcelo Bielsa lo resumió con una reflexión que merece ser escuchada: el fútbol era popular porque pertenecía a los pobres, porque bastaba una pelota para ser feliz. Cuando el negocio descubrió el inmenso dinero que podía generar esa pasión popular, comenzaron a apropiarse de ella quienes nunca habían construido ese deporte desde abajo.

Hoy vemos cómo los grandes clubes y las grandes ligas convierten a adolescentes de 16 o 17 años en activos financieros. Se compran y se venden promesas antes incluso de que hayan terminado de crecer. Se arranca el talento de sus barrios, de sus pueblos y de sus países para alimentar un mercado que mueve miles de millones mientras las comunidades que los vieron nacer apenas disfrutan de ellos unos meses.

Eduardo Galeano también comprendió esa contradicción. Nunca aceptó la idea de que el fútbol fuera el opio del pueblo. Al contrario. Para él era una de las mayores fiestas populares de la humanidad, un lenguaje universal capaz de unir culturas, pueblos y generaciones enteras. El problema nunca fue que el pueblo amara el fútbol; el problema fue convertir esa pasión colectiva en una mercancía.

Porque cuando rueda la pelota todavía ocurre algo extraordinario. Durante noventa minutos desaparecen muchas fronteras sociales. El obrero, la estudiante, el desempleado, el jubilado o el inmigrante sienten la misma emoción. El gol sigue teniendo la capacidad de abrazar a quienes el sistema económico intenta dividir todos los días.

Por eso emociona tanto ver competir a selecciones como Cabo Verde. Porque representan algo mucho más grande que un resultado. Representan la dignidad de quienes saben que parten con menos medios, menos presupuesto y menos estrellas, pero nunca con menos orgullo. Son la demostración de que el trabajo colectivo puede desafiar al dinero y que el corazón todavía puede plantar cara al mercado.

El capitalismo intenta convertirlo todo en mercancía. También el fútbol. Intenta que olvidemos que antes de los contratos multimillonarios existían niños jugando descalzos, porterías hechas con piedras y balones remendados una y otra vez. Intenta convencernos de que el espectáculo pertenece a quienes lo financian y no a quienes lo sienten.

Pero cada vez que una selección humilde mira de frente a una potencia mundial, cada vez que un equipo sin grandes nombres hace temblar a los gigantes, el pueblo recupera un pedazo de ese deporte que nunca debió dejar de pertenecerle.

Porque el fútbol nació siendo del pueblo. Y, por mucho dinero que muevan las élites económicas, seguirá siendo del pueblo mientras haya un niño pateando una pelota en cualquier rincón del mundo soñando con hacer posible lo imposible.

Cabo Verde no solo ha competido. Ha recordado que la épica sigue viva. Y mientras exista esa épica, el fútbol conservará una parte de su alma.

 

André Abeledo Fernández 

Clase traballadora consciente

Clase traballadora consciente

Son, simplemente, clase traballadora consciente.

Son fillo, neto e bisneto de traballadores. Na miña familia nunca houbo unha tradición de militancia política ou sindical. Meu pai, xa en democracia, formou parte dunha candidatura independente no Concello de Neda e exerceu como concelleiro de Cultura e Deportes. Pero na casa non medrei nun ambiente de militancia nin de debate político organizado. O que si herdei foi algo que considero moito máis importante: a conciencia de pertencer a unha mesma clase social e a dignidade de gañar a vida co propio traballo..

Meu pai traballou no estaleiro. Miña nai sacou adiante a familia desde a casa. Un dos meus avós foi canteiro; o outro, zapateiro. Como tantas familias galegas daquela época, tamén traballaban a terra, coidaban animais e sobrevivían como podían. Coñeceron a Guerra Civil, a posguerra, a fame e as privacións. Viviron nunha Galicia onde emigrar foi, para milleiros de persoas, a única oportunidade de construír un futuro mellor.

Deles non herdei cartos nin propiedades. Herdei algo moito máis valioso: o orgullo de pertencer á clase traballadora e a convicción de que ninguén debe avergoñarse de vivir do seu esforzo.

Nunca quixen ser outra cousa. Ser clase traballadora non significa resignarse á precariedade; significa defender o dereito a unha vida digna: un salario suficiente, tempo para a familia, tempo para descansar e a tranquilidade de saber que unha enfermidade ou un despedimento non te condenarán á pobreza.

Nunca sentín envexa dos iates, das mansións ou dos grandes luxos. Non é esa a vida que desexo. Para min, os cartos nunca foron un símbolo de éxito, senón unha ferramenta para vivir con seguridade e sen medo ao día de mañá. Gústame viaxar, si, pero cunha mochila ás costas. Non preciso o luxo para sentirme libre.

Na miña familia ninguén me ensinou a militar nun partido nin a afiliarme a un sindicato. A miña conciencia política non foi unha herdanza; foi unha construción. Naceu traballando, lendo, observando e preguntándome por que hai persoas que, malia esforzarse cada día, nunca conseguen saír adiante.

Co paso do tempo participei na vida sindical e tiven a honra de servir durante catro anos como concelleiro. Pero iso foi unha consecuencia das miñas conviccións, non a súa orixe.

A vida, ademais, obrigoume a mirar a realidade desde outro lugar. Unha enfermidade apartoume da miña profesión habitual e unha incapacidade permanente total reduciu os meus ingresos ata situarme por baixo do limiar da pobreza. Pasei de chegar a fin de mes con dificultades a, sinxelamente, non chegar.

Esa experiencia non me dá a razón por si mesma, pero si me permite coñecer de primeira man unha realidade que con demasiada frecuencia se analiza desde despachos, estatísticas ou roldas de prensa.

Por iso, cando critico determinadas políticas públicas, non agardo solucións milagrosas. O que esixo é que sirvan para mellorar de verdade a vida da xente. Quen vive con angustia económica aprende moi axiña a distinguir entre unha medida útil e un simple titular.

Escribo desde esa experiencia. Non falo en nome de toda a clase traballadora, porque ninguén pode facelo. Falo desde o meu lugar dentro dela, convencido de que a política só ten sentido cando mellora, de maneira tanxible, a vida cotiá da maioría social.

Non son un intelectual nin pretendo selo. Tampouco escribo para dar leccións. Escribo como un traballador que leu, que sente curiosidade por comprender o mundo e que sabe perfectamente a que clase pertence.

Son, simplemente, clase traballadora consciente.

 

André Abeledo Fernández

Clase trabajadora consciente

Clase trabajadora consciente

Soy, simplemente, clase trabajadora consciente.

Soy hijo, nieto y bisnieto de trabajadores. En mi familia nunca hubo una tradición de militancia política o sindical. Mi padre, ya en democracia, formó parte de una candidatura independiente en el Ayuntamiento de Neda y ejerció como concejal de Cultura y Deportes. Pero yo no crecí en un ambiente de militancia ni de debate político organizado. Lo que sí heredé fue algo que considero mucho más importante: la conciencia de pertenecer a una misma clase social y la dignidad de ganarse la vida con el propio trabajo.

Mi padre trabajó en el astillero. Mi madre sacó adelante la familia desde casa. Uno de mis abuelos fue cantero; el otro, zapatero. Como tantas familias gallegas de aquella época, también trabajaban la tierra, cuidaban animales y sobrevivían como podían. Conocieron la Guerra Civil, la posguerra, el hambre y las privaciones. Vivieron en una Galicia donde emigrar fue, para miles de personas, la única oportunidad de construir un futuro mejor.

De ellos no heredé dinero ni propiedades. Heredé algo mucho más valioso: el orgullo de pertenecer a la clase trabajadora y la convicción de que nadie debe avergonzarse de vivir de su esfuerzo.

Nunca he querido ser otra cosa. Ser clase trabajadora no significa resignarse a la precariedad; significa defender el derecho a una vida digna: un salario suficiente, tiempo para la familia, tiempo para descansar y la tranquilidad de saber que una enfermedad o un despido no te condenarán a la pobreza.

Nunca he sentido envidia de los yates, las mansiones o los grandes lujos. No es la vida que deseo. Para mí, el dinero nunca ha sido un símbolo de éxito, sino una herramienta para vivir con seguridad y sin miedo al día de mañana. Me gusta viajar, sí, pero con una mochila a la espalda. No necesito el lujo para sentirme libre.

En mi familia nadie me enseñó a militar en un partido ni a afiliarme a un sindicato. Mi conciencia política no fue una herencia; fue una construcción. Nació trabajando, leyendo, observando y preguntándome por qué hay personas que, aun esforzándose cada día, nunca consiguen salir adelante.

Con el tiempo participé en la vida sindical y tuve el honor de servir durante cuatro años como concejal. Pero eso fue una consecuencia de mis convicciones, no su origen.

La vida, además, me obligó a mirar la realidad desde otro lugar. Una enfermedad me apartó de mi profesión habitual y una incapacidad permanente total redujo mis ingresos hasta situarme por debajo del umbral de la pobreza. Pasé de llegar a fin de mes con dificultades a no llegar, sencillamente.

Esa experiencia no me da la razón por sí misma, pero sí me permite conocer de primera mano una realidad que con demasiada frecuencia se analiza desde despachos, estadísticas o ruedas de prensa.

Por eso, cuando critico determinadas políticas públicas, no espero soluciones milagrosas. Lo que exijo es que sirvan para mejorar de verdad la vida de la gente. Quien vive con angustia económica aprende muy pronto a distinguir entre una medida útil y un simple titular.

Escribo desde esa experiencia. No hablo en nombre de toda la clase trabajadora, porque nadie puede hacerlo. Hablo desde mi lugar dentro de ella, convencido de que la política solo tiene sentido cuando mejora, de forma tangible, la vida cotidiana de la mayoría social.

No soy un intelectual ni pretendo serlo. Tampoco escribo para dar lecciones. Escribo como un trabajador que ha leído, que siente curiosidad por comprender el mundo y que sabe perfectamente a qué clase pertenece.

Soy, simplemente, clase trabajadora consciente.

 

André Abeledo Fernández

Fascismo, capitalismo y crisis de la democracia burguesa.

Fascismo, capitalismo y crisis de la democracia burguesa.

El ascenso de fuerzas de extrema derecha en numerosos países ha reabierto un viejo debate político e historiográfico: ¿por qué resurgen los movimientos autoritarios en sociedades democráticas? La pregunta no es nueva. Intelectuales de tradiciones muy distintas llevan más de un siglo intentando responderla, y sus conclusiones continúan siendo objeto de discusión.

Desde el marxismo clásico, autores como Vladimir Ilich Lenin entendieron que las crisis del capitalismo generaban profundas tensiones sociales que podían desembocar en formas cada vez más autoritarias de ejercicio del poder. Aunque Lenin murió antes del auge del fascismo europeo de los años treinta, su análisis sobre el imperialismo, la concentración del capital y las contradicciones del sistema influyó decisivamente en las interpretaciones posteriores desarrolladas por la Internacional Comunista.

El fascismo constituye una respuesta de las élites económicas ante situaciones de fuerte conflicto social, una herramienta destinada a preservar el orden establecido cuando las fórmulas tradicionales de dominación resultaban insuficientes. 

El fascismo histórico combinó ultranacionalismo, autoritarismo, culto al líder, negación del pluralismo político y utilización sistemática de la propaganda para construir un relato capaz de movilizar emocionalmente a amplios sectores de la población.

Precisamente el estudio de la propaganda política constituye una de las cuestiones más relevantes para entender tanto el siglo XX como el XXI. El régimen nazi convirtió la comunicación de masas en un instrumento de control político sin precedentes. Simplificación de mensajes, repetición constante de consignas, creación de enemigos internos y externos, manipulación emocional y apelación permanente al miedo fueron elementos ampliamente estudiados por la ciencia política y la comunicación. Algo que hoy usa el Trumpismo de Estados Unidos, el sionismo de Israel, y la ultraderecha lacaya y servil de América y Europa.

Eso no significa que cualquier actor político contemporáneo reproduzca automáticamente aquellos mecanismos ni que toda estrategia de comunicación pueda equipararse al nazismo. La historia exige prudencia en las comparaciones. Sin embargo, sí resulta legítimo analizar críticamente cómo determinadas técnicas propagandísticas continúan presentes, con nuevas formas y nuevas tecnologías, en democracias consolidadas y en regímenes autoritarios.

Las redes sociales, la polarización política, la difusión masiva de desinformación y la fragmentación del espacio informativo han multiplicado la capacidad de construir relatos simplificados donde la complejidad desaparece y los adversarios pasan a convertirse en enemigos absolutos.

En paralelo, Europa vive un contexto marcado por profundas incertidumbres económicas y sociales. La precariedad laboral, la dificultad de acceso a la vivienda, el aumento de las desigualdades, el envejecimiento demográfico y la percepción de pérdida de seguridad económica generan un terreno fértil para discursos que ofrecen respuestas simples a problemas extraordinariamente complejos.

La historia demuestra que las crisis prolongadas suelen favorecer el crecimiento de opciones políticas que prometen soluciones rápidas, identidades fuertes y culpables fácilmente identificables.

Pero el auge de la extrema derecha tampoco puede analizarse únicamente desde quienes la apoyan. Numerosos autores sostienen que parte de la explicación reside también en las dificultades de las fuerzas progresistas para construir proyectos políticos capaces de generar ilusión, confianza y representación efectiva de amplios sectores populares.

En distintos países europeos se observa un debate recurrente dentro de la izquierda sobre la relación entre moderación política, capacidad institucional y mantenimiento de una identidad transformadora. Mientras unos consideran imprescindible ampliar consensos para gobernar sociedades diversas, otros advierten del riesgo de diluir el proyecto político hasta perder aquello que lo diferenciaba.

Ninguna democracia puede darse por definitivamente consolidada. Los derechos civiles, sociales y laborales nunca han sido conquistas irreversibles. Han sido el resultado de largos procesos de movilización, negociación y conflicto político.

Quizá una de las advertencias más conocidas siga siendo la formulada por Bertolt Brecht tras la derrota del nazismo. Su reflexión no pretendía anunciar un regreso inevitable del fascismo, sino recordar que las condiciones económicas, sociales y culturales que favorecieron su aparición podían reproducirse si las democracias no eran capaces de responder a las desigualdades, al miedo y a la exclusión.

En ese sentido, el principal desafío de nuestro tiempo probablemente no consista únicamente en combatir determinadas opciones políticas, sino en fortalecer las instituciones democráticas, reducir las desigualdades, garantizar derechos sociales efectivos y reconstruir la confianza ciudadana en la política.

Porque cuando amplios sectores de la población sienten que las instituciones ya no mejoran sus condiciones de vida, el espacio para el desencanto crece.

Y cuando crece el desencanto, también aumenta la tentación de buscar soluciones simples para problemas que nunca lo han sido.

La historia del siglo XX constituye un recordatorio permanente de los costes humanos que pueden derivarse de la degradación de la convivencia democrática. Estudiarla con rigor, sin simplificaciones y sin renunciar al debate crítico sigue siendo una de las mejores herramientas para afrontar los desafíos del presente.

 

André Abeledo Fernández

Cuando trabajar enferma: el fracaso moral de un modelo laboral

Cuando trabajar enferma: el fracaso moral de un modelo laboral

Hay un dato que debería escandalizar a cualquier sociedad que se considere civilizada: miles de trabajadoras y trabajadores necesitan medicarse para poder ir a trabajar.

Ansiolíticos para soportar la jornada.

Pastillas para dormir porque la ansiedad no les deja descansar.

Antidepresivos para levantarse al día siguiente y volver al mismo lugar que está destruyendo poco a poco su salud mental.

No estamos hablando de casos aislados. Estamos hablando de una realidad que demasiadas personas conocen en silencio y que rara vez ocupa el centro del debate público.

Porque de la salud mental se habla mucho en los discursos institucionales, pero muy poco cuando el origen del problema está en determinadas formas de organizar el trabajo.

Hablo de lo que conozco. Como trabajador de una gran multinacional he visto cómo el miedo, la presión constante, la incertidumbre y la deshumanización terminan pasando factura. No hablo de estadísticas. Hablo de compañeros y compañeras de carne y hueso que llegan al trabajo con la ansiedad instalada en el cuerpo porque saben que cualquier error, cualquier baja o cualquier protesta puede convertirles en el siguiente objetivo.

Y uno no puede evitar hacerse una pregunta.

¿Qué gana una empresa destruyendo psicológicamente a quienes generan su riqueza?

Quizá la respuesta sea tan sencilla como incómoda.

Un trabajador con miedo protesta menos.

Un trabajador agotado organiza menos.

Un trabajador psicológicamente desgastado tiene menos fuerzas para reclamar sus derechos.

Cuando el empleo se convierte en un instrumento de disciplina basado en el temor permanente, la salud de las personas deja de ser una prioridad y pasa a considerarse un coste más.

Eso ocurre cuando el beneficio económico vale más que la dignidad humana.

Vivimos en un mercado laboral donde todavía existen demasiadas empresas que consideran a las personas trabajadoras como piezas intercambiables. Si alguien cae, ya vendrá otro. Si alguien enferma, se sustituye. Si alguien reclama, se presiona. Si alguien levanta la voz, siempre hay una larga cola del desempleo esperando una oportunidad.

Esa lógica no solo es profundamente injusta.

Es también profundamente ineficiente.

Porque ningún proyecto empresarial puede construirse sobre el miedo de quienes sostienen la empresa con su esfuerzo diario.

Después llegan las patronales lamentándose porque faltan transportistas, camareros, personal sanitario, trabajadores de la construcción o profesionales cualificados.

Dicen que la juventud no quiere trabajar.

La realidad es muy distinta.

La inmensa mayoría de la clase trabajadora quiere trabajar.

Lo que ya no está dispuesta a aceptar son salarios que no permiten vivir, jornadas interminables, horarios imposibles, presión psicológica constante y un modelo laboral basado en el miedo.

Quieren empleo.

Pero también quieren dignidad.

Y tienen razón.

Durante demasiado tiempo en España se ha confundido autoridad con autoritarismo y gestión con obediencia ciega. Seguimos demasiado lejos de aquellos modelos laborales europeos donde el diálogo social, el respeto mutuo y la participación de las personas trabajadoras forman parte de la cultura empresarial.

Aquí todavía sobreviven demasiadas inercias que entienden los derechos laborales como un obstáculo y no como una garantía democrática.

Sin embargo, la historia del movimiento obrero demuestra una verdad que nunca cambia.

Las trabajadoras y los trabajadores pueden soportar salarios modestos durante un tiempo.

Pueden aceptar sacrificios cuando las circunstancias lo exigen.

Lo que nunca aceptarán indefinidamente es perder la dignidad.

Porque la dignidad no cotiza en bolsa.

No aparece en los balances empresariales.

No se refleja en la cuenta de resultados.

Pero es el cimiento sobre el que debería construirse cualquier relación laboral que merezca llamarse humana.

Y quizá por eso algunos empresarios siguen sin entender por qué cada vez cuesta más encontrar trabajadores.

No faltan trabajadores.

Lo que faltan son empresas dispuestas a comprender que el respeto, unas condiciones laborales dignas y la salud física y mental de su plantilla no son un lujo ni una concesión.

Son la base de cualquier sociedad que aspire a llamarse verdaderamente democrática.

 

André Abeledo Fernández

La pelota no se mancha, pero el negocio del fútbol sí

La pelota no se mancha, pero el negocio del fútbol sí

Hubo un tiempo en que el fútbol pertenecía al pueblo.

Era el deporte de la clase trabajadora. El juego de los barrios obreros, de las aldeas, de los pueblos, de los cerros latinoamericanos y de las favelas brasileñas. Bastaban una pelota, dos piedras haciendo de portería y un grupo de niños con ganas de jugar para que apareciera la magia.

Porque el fútbol nunca fue únicamente un deporte.

Fue identidad, cultura popular, memoria colectiva, ascensor social y esperanza para millones de personas nacidas donde parecía imposible soñar.

De aquellos campos de tierra salieron leyendas como Diego Armando Maradona o Garrincha. Hijos de la pobreza, de familias humildes, de barrios olvidados por el poder. Hombres llenos de contradicciones, con errores y debilidades, pero capaces de hacer del balón una obra de arte.

Eduardo Galeano definió a Maradona con una frase inolvidable: «Un villero con mucha guita pero con conciencia de clase. Un Dios errante, sucio y pecador. El más humano de los dioses.»

Y probablemente nadie haya resumido mejor quién fue.

Maradona nunca dejó de sentirse hijo del pueblo. Nunca olvidó de dónde venía. Y dejó otra sentencia que hoy cobra más sentido que nunca: «La pelota no se mancha.»

Tenía razón.

La pelota no se mancha.

Lo que se ha manchado es todo lo que la rodea.

Porque el fútbol profesional hace tiempo que dejó de estar dirigido pensando en la afición y comenzó a organizarse pensando exclusivamente en el negocio. Los aficionados ya no son el centro del deporte; son consumidores. Los clubes se transforman en marcas globales, las competiciones en productos televisivos y los futbolistas en activos financieros que se compran y venden por cifras obscenas mientras millones de personas apenas llegan a fin de mes.

El problema ya no es solo el dinero. El problema es quién manda.

Los grandes organismos del fútbol parecen haber renunciado a cualquier referencia ética cuando adjudican competiciones internacionales o trasladan torneos históricos allí donde existen mayores beneficios económicos, aunque ello implique ignorar graves denuncias sobre derechos humanos o utilizar el deporte como herramienta de prestigio para gobiernos con un historial ampliamente cuestionado por organizaciones internacionales.

Da igual si hablamos del Mundial de Qatar, del próximo Mundial organizado en gran parte por Estados Unidos o de competiciones oficiales disputadas en Arabia Saudí.

El criterio ya no parece ser el deporte.

El criterio es el dinero.

El fútbol se pone al servicio de fondos de inversión, jeques, magnates y grandes intereses económicos mientras quienes llenan los estadios, quienes compran las entradas, quienes sienten los colores y quienes transmiten esa pasión de generación en generación son tratados como simples clientes.

Nos quieren convencer de que todo tiene un precio.

Que la tradición puede venderse.

Que la historia puede alquilarse.

Que los sentimientos también cotizan en bolsa.

Pero hay algo que nunca podrán comprar.

No podrán comprar el fútbol que sigue vivo en los campos de tierra, en los barrios obreros, en las plazas de los pueblos, en las ligas de aficionados y en los niños que siguen jugando hasta que anochece sin pensar en contratos millonarios ni en campañas de marketing.

Ese sigue siendo el verdadero fútbol.

El que pertenece al pueblo.

El que convirtió a un muchacho de Villa Fiorito en el mejor futbolista de todos los tiempos.

Maradona confesó una vez: «Me arrepiento del 99 % de las cosas que hice en la vida. Sin embargo, el otro 1 % —que es el fútbol— compensa todo lo demás.»

Quizá porque comprendía que el fútbol era mucho más que un negocio.

Era una forma de rebelarse contra el destino.

Una oportunidad para que un niño pobre pudiera desafiar al mundo con un balón en los pies.

Los dirigentes podrán seguir vendiendo competiciones al mejor postor. Podrán seguir subordinando el deporte a los intereses económicos y geopolíticos de quienes más dinero ofrecen. Podrán seguir convirtiendo el fútbol en una industria multimillonaria.

Pero jamás conseguirán apropiarse de su esencia.

Porque la pelota, como dijo Maradona, no se mancha.

Los que sí se están manchando son quienes han decidido convertir el deporte más popular del planeta en un mercado donde la dignidad, la ética y los valores siempre acaban perdiendo frente al poder del dinero.

 

André Abeledo Fernández

Refugiados de primera y de segunda: el doble rasero de Occidente

Refugiados de primera y de segunda: el doble rasero de Occidente

Hay una pregunta incómoda que Europa lleva demasiado tiempo evitando: ¿valen todas las vidas lo mismo?

Si atendemos a las políticas migratorias, a la cobertura de los grandes medios de comunicación y a la respuesta de buena parte de los gobiernos occidentales, la respuesta parece evidente: no.

No todos los refugiados son bienvenidos. No todas las víctimas reciben la misma solidaridad. No todas las guerras ocupan portadas. No todas las invasiones provocan sanciones. No todas las tragedias conmueven las conciencias.

Hay refugiados de primera y refugiados de segunda.

Cuando millones de personas huyeron de la guerra en Ucrania, Europa abrió sus fronteras con rapidez. Era lo correcto. Quien escapa de las bombas merece protección, solidaridad y un futuro digno.

La pregunta es por qué esa misma humanidad desaparece cuando quienes llaman a nuestras puertas son familias sirias, afganas, palestinas, yemeníes, sudanesas o saharauis. ¿Qué cambia? ¿Su sufrimiento? No. Lo único que cambia es el origen, el color de la piel, la religión o los intereses geopolíticos que hay detrás de cada conflicto.

Porque el problema nunca ha sido la capacidad para acoger. El problema ha sido la voluntad política.

Mientras unas guerras monopolizan los informativos, otras desaparecen deliberadamente del mapa mediático. Palestina sigue sufriendo una devastación que ha provocado una enorme crisis humanitaria. Yemen continúa siendo escenario de una de las mayores catástrofes humanitarias del planeta tras años de guerra. Sudán se desangra en un conflicto brutal. Haití vive atrapado entre la violencia, el hambre y la inestabilidad. Somalia, Mozambique y tantas regiones africanas siguen acumulando muertos mientras el silencio informativo se convierte en una forma más de abandono.

El pueblo saharaui continúa esperando que algún día se cumpla el derecho internacional y pueda decidir libremente su futuro. Décadas de exilio en los campamentos de refugiados de Argelia apenas merecen unos segundos en los telediarios. Lo que no aparece en pantalla parece dejar de existir.

Miles de personas siguen atravesando desiertos, selvas y mares huyendo de guerras, persecuciones, hambre o miseria. No buscan privilegios. Buscan sobrevivir.

Sin embargo, cuando llegan a las fronteras de Europa o de Estados Unidos encuentran alambradas, muros, concertinas, devoluciones en caliente y discursos de odio que los presentan como una amenaza.

Resulta especialmente hipócrita escuchar a determinados dirigentes políticos hablar de derechos humanos mientras respaldan intervenciones militares, venden armas a regímenes autoritarios o guardan silencio cuando sus aliados vulneran sistemáticamente la legalidad internacional.

Las mismas potencias que tantas veces dicen defender la democracia han participado directa o indirectamente en conflictos, cambios de régimen e intervenciones cuyas consecuencias siguen pagando millones de personas inocentes. Después llegan los refugiados. Pero las causas que los obligaron a abandonar sus hogares rara vez ocupan el centro del debate.

Y entonces aparecen quienes culpan a los propios migrantes.

Como si fueran responsables de las guerras.

Como si hubieran elegido nacer bajo las bombas.

Como si abandonar tu casa, perder a tu familia y jugarte la vida en una patera fuera un privilegio y no una tragedia.

El racismo y la xenofobia no siempre se expresan con insultos. A veces se manifiestan estableciendo categorías entre seres humanos. Decidiendo qué muertos importan y cuáles pueden olvidarse. Determinando qué niños merecen solidaridad y cuáles solo inspiran indiferencia.

Ese es el verdadero fracaso moral de Occidente.

No puede haber derechos humanos a la carta. No puede haber solidaridad selectiva. No puede haber legalidad internacional para unos países e impunidad para otros dependiendo de quién sea el aliado de turno.

El internacionalismo no consiste en defender únicamente a quienes nos resultan cercanos o convenientes. Consiste en defender la dignidad humana allí donde sea pisoteada, sin preguntar el color de la piel, la bandera, la religión o el pasaporte de las víctimas.

Porque una vida palestina vale lo mismo que una ucraniana. Una familia yemení vale lo mismo que una europea. Un niño saharaui tiene exactamente los mismos derechos que cualquier otro niño del mundo.

Mientras existan refugiados de primera y de segunda, mientras unas guerras sean visibles y otras permanezcan deliberadamente ocultas, no podremos hablar de una comunidad internacional guiada por los derechos humanos, sino por los intereses económicos y geopolíticos de quienes siguen decidiendo qué tragedias merecen nuestra atención y cuáles pueden quedar enterradas bajo el silencio.

 

André Abeledo Fernández

Mercadona: cando a conciliación molesta aos beneficios

Mercadona: cando a conciliación molesta aos beneficios

Hai empresas que falan constantemente de conciliación e hai empresas que a destrúen cada día. Mercadona pertence ao segundo grupo.

Mentres a compañía presume de responsabilidade social e de ser un exemplo de éxito empresarial, milleiros de traballadoras e traballadores viven sometidos a horarios variables que fan imposible organizar unha vida familiar digna. A realidade desmonta toda a propaganda.

Porque a conciliación non consiste en encher folletos de boas palabras. A conciliación consiste en poder coidar dun fillo, atender unha persoa dependente, acudir a unha cita médica ou, simplemente, saber cando vas traballar a semana seguinte. E iso, en Mercadona, segue sendo un luxo do que a maioría da plantilla carece.

Os distintos gobernos levan décadas enchendo discursos coa palabra conciliación mentres permiten que as grandes empresas baleiren ese dereito de todo contido. Lexislan para a foto, pero cando toca escoller entre as familias traballadoras e os beneficios empresariais, sempre acaba gañando o mesmo.

Mercadona representa perfectamente ese modelo laboral. Unha empresa que decide cando traballa cada persoa, que modifica horarios segundo as necesidades comerciais e que converte a vida da súa plantilla nun quebracabezas permanente.

Véndennos como un enorme avance librar dous días á semana. O que non contan é o prezo. Xornadas máis longas, flexibilidade absoluta para a empresa e dispoñibilidade permanente da persoa traballadora. Entrégase tempo de vida a cambio dunha falsa sensación de mellora.

Non hai conciliación cando cada mes cambia o horario. Non hai conciliación cando cada día pode comezar e rematar a unha hora distinta. Non hai conciliación cando toda a organización dunha familia depende das previsións de venda dunha tenda.

Especialmente grave resulta o tratamento ás persoas que solicitan redución de xornada para coidar dos seus fillos ou de familiares dependentes. Un dereito conquistado tras décadas de loita sindical queda sometido ás famosas grellas horarias pactadas polos sindicatos dóciles á dirección. En lugar de protexer a quen coida, protéxese a conta de resultados.

Iso non é conciliación.

Iso é utilizar a conciliación como propaganda mentres se destrúe na práctica.

Resulta aínda máis indignante que algúns sindicatos pretendan presentar este modelo como un éxito. Un sindicato nace para defender á clase traballadora fronte ao poder da empresa, non para converterse no departamento de comunicación da dirección. Quen asina retrocesos laborais para garantir a paz social deixa de representar ás traballadoras e traballadores e pasa a representar os intereses da empresa.

Mercadona presume continuamente de patriotismo, de ser unha empresa moi española e de contribuír ao progreso do país. Pero cando chega o momento de escoller entre garantir horarios dignos ou aumentar beneficios, nunca existen dúbidas sobre cal é a prioridade.

Porque o patriotismo empresarial remata exactamente onde comezan os beneficios.

A verdadeira patria da clase traballadora non son os balances económicos das grandes empresas. A verdadeira patria son as familias que precisan tempo para vivir, para coidar e para educar os seus fillos con dignidade.

Mentres Mercadona siga considerando o tempo das súas traballadoras e traballadores unha mercadoría ao servizo do beneficio económico, toda a súa propaganda sobre conciliación, responsabilidade social e compromiso coas persoas non será máis ca iso: propaganda.

E os dereitos laborais seguirán sendo o prezo que algúns están dispostos a facer pagar á clase traballadora para que unha minoría continúe acumulando beneficios millonarios.

 

André Abeledo Fernández

Mercadona: cuando la conciliación estorba a los beneficios

Mercadona: cuando la conciliación estorba a los beneficios

Hay empresas que hablan constantemente de conciliación y hay empresas que la destruyen cada día. Mercadona pertenece al segundo grupo.

Mientras la compañía presume de ser un ejemplo de gestión y de responsabilidad social, miles de trabajadores viven sometidos a un sistema de horarios variables que hace imposible organizar una vida familiar digna. La realidad desmonta toda la propaganda.

Porque la conciliación no consiste en llenar folletos de buenas palabras. La conciliación consiste en poder cuidar de un hijo, atender a un familiar dependiente, acudir a una cita médica o, simplemente, saber cuándo vas a trabajar la semana siguiente. Y eso, en Mercadona, sigue siendo un privilegio del que la mayoría carece.

Los gobiernos llevan décadas hablando de conciliación mientras permiten que las grandes empresas vacíen de contenido ese derecho. Se legisla de cara a la galería, pero cuando llega el momento de enfrentarse al poder económico siempre acaban imponiéndose los intereses empresariales sobre las necesidades de las familias trabajadoras.

Mercadona es un ejemplo perfecto de ese modelo. Una empresa que decide cuándo trabaja cada persona, que modifica horarios según las necesidades comerciales y que convierte la vida de su plantilla en un enorme puzle imposible de resolver.

Nos venden como un gran avance librar dos días a la semana. Lo que no cuentan es el precio. Jornadas más largas, flexibilidad absoluta para la empresa y una disponibilidad permanente del trabajador. Se entrega tiempo de vida a cambio de una falsa sensación de mejora.

No existe conciliación cuando cada mes cambia el horario. No existe conciliación cuando cada día puede empezar y terminar a una hora distinta. No existe conciliación cuando toda la organización familiar depende de las ventas previstas o de la planificación de una tienda.

Especialmente sangrante resulta el trato a quienes solicitan reducciones de jornada para cuidar de sus hijos o de familiares dependientes. Un derecho conquistado tras décadas de lucha sindical acaba sometido a las famosas parrillas horarias pactadas por los sindicatos dóciles a la empresa. En lugar de proteger a quien cuida, se protege la cuenta de resultados.

Eso no es conciliación.

Eso es utilizar la conciliación como propaganda mientras se vacía de contenido en la práctica.

Resulta aún más indignante que algunos sindicatos pretendan presentar este modelo como un éxito. Un sindicato existe para defender a la plantilla frente al poder de la empresa, no para convertirse en el departamento de comunicación de la dirección. Cuando se firma cualquier retroceso laboral para mantener la paz social, se deja de representar a los trabajadores y se empieza a representar los intereses empresariales.

Mercadona presume continuamente de patriotismo, de ser una empresa muy española y de contribuir al progreso del país. Pero cuando llega el momento de elegir entre garantizar horarios dignos o aumentar beneficios, nunca hay dudas sobre qué prioridad elige la empresa.

Porque el patriotismo empresarial termina exactamente donde empiezan los márgenes de beneficio.

La verdadera patria de quienes viven de su trabajo no son los balances económicos de las multinacionales. La verdadera patria son las familias trabajadoras que necesitan tiempo para vivir, cuidar y educar a sus hijos con dignidad.

Mientras Mercadona siga considerando el tiempo de sus trabajadores una mercancía al servicio de sus beneficios, toda su propaganda sobre conciliación, responsabilidad social y compromiso con las personas no será más que eso: propaganda.

Y los derechos laborales seguirán siendo el precio que algunos están dispuestos a pagar para que unos pocos sigan acumulando beneficios millonarios.

 

André Abeledo Fernández

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