Ensayo del misil de crucero de propulsión nuclear Burevéstnik. | El Ministerio de Defensa de Rusia / Sputnik
La exitosa prueba del novedoso misil de propulsión nuclear anunciada este domingo por Rusia debe ser causa de preocupación para Estados Unidos, comentó en declaraciones a RT el exmilitar de la Fuerza Aérea de Suecia y experto en defensa antiaérea Mikael Valtersson.
Explicó que «un misil de crucero vuela con una velocidad bastante baja y se lo puede enfrentar con defensa antimisiles si se trata del ataque a uno o a un par de objetivos únicos».
El analista militar recordó que «Estados Unidos quiere construir un escudo antimisiles», que es un sistema «muy complicado» si se trata de la defensa de instalaciones más numerosas. Porque «EE.UU. es demasiado grande para que eso funcione» y «habrá agujeros por todas partes«, a diferencia de Israel, por ejemplo, que es «un país pequeño y puede defenderse a sí mismo».
«Si uno tiene misiles que pueden volar indefinidamente, puede atravesar todos los agujeros, alcanzar los objetivos por detrás; así que EE.UU. debería estar muy, muy preocupado», explicó el experto.
Mientras tanto, sostuvo, un misil de propulsión nuclear, como el Burevéstnik, «tiene un alcance muy grande» y «puede volar alrededor del mundo» y «dar varias vueltas«.
«Normalmente, los misiles de crucero tienen un alcance limitado. Por supuesto, el misil Tomahawk puede volar más de 1.000 kilómetros, pero se tiene que estar bastante cerca del enemigo», precisó Valtersson.
Asimismo, apuntaló que los misiles de crucero, que también es el tipo del nuevo misil ruso, «vuelan a altitudes muy bajas y con su propio sistema de guiado».
«Es muy difícil para la defensa antimisiles defenderse de los misiles de crucero. Es mucho más fácil defenderse de los misiles balísticos porque se detectan con mucha antelación», explicó.
Este domingo, el presidente ruso, Vladímir Putin, anunció que han finalizado los ensayos clave del misil de crucero de alcance ilimitado Burevéstnik.
Por su parte, el jefe del Estado Mayor, Valeri Guerásimov, confirmó que la prueba del Burevéstnik se realizó el 21 de octubre con un vuelo del misil con propulsión nuclear que atravesó una distancia de 14.000 kilómetros. «Y este no es su límite«, acentuó Guerásimov, al precisar que el vuelo duró aproximadamente 15 horas.
En el curso de las dos últimas décadas, ha sido frecuente que desde los medios de comunicación, las editoriales de prensa e, incluso, desde las portavocías de partidos y sindicatos reformistas se apresuraran a exhibirnos una suerte de acta de defunción social: “la clase obrera ha desaparecido”, nos repiten como si de un mantra se tratara.
«Ya no estamos en los tiempos de los obreros de mono azul y fábricas humeantes», -nos dejan caer con un cierto tono de regocijada maledicencia. «Ahora todo el mundo quiere ser clase media, emprendedor o influencer».
No faltan siquiera destacados personajes de la política nacional, -el presidente Pedro Sánchez, sin ir más lejos-, que han llegado hasta rebautizarla con la pomposa denominación de «clase media trabajadora».
De acuerdo con la narrativa de esta historieta, los cambios que se han producido en el trabajo, la tecnología, y el consumo habrían disuelto a ese sujeto histórico que, según muchos mantenemos, no solo constituye el motor de las transformaciones sociales, sino que, además, en la medida que el capitalismo se desarrolla, está dando más señales de vida que nunca. Aunque ahora presenten nuevas caras, nuevos oficios y nuevos tipos de luchas.
Cuadro. Lucha contra la reconversión industrial
LA HIPÓTESIS DE LA DESAPARICIÓN: ¿QUÉ SE DICE EXACTAMENTE?
Conviene precisar, no obstante, que la idea de que «la clase obrera ya no existe» no es, ni mucho menos, una novedad. Comenzó a tomar fuerza allá por los años 80 y 90 del siglo pasado, justo cuando el neoliberalismo se imponía arrasadoramente como modelo global.
Las «reconversiones industriales» en Europa, el cierre de fábricas, la automatización y la expansión del sector servicios fueron utilizados como “pruebas constatables» de que los proletarios se habían esfumado de las sociedades desarrolladas. Era una verdad ampliamente aceptada por los sociólogos del sistema que el «enemigo principal» del establishment se había disuelto entre los call centers, las oficinas, los supermercados y los trabajos autónomos sin un patrón visible.
Y no solo se ha tratado de un «feliz» diagnóstico para quienes gozosamente así lo anunciaban. La hipótesis venía acompañada, por si fuera poco, por una conclusión política clave:
«Si ya no hay clase obrera, tampoco existe ya un sujeto revolucionario». La historia, pues, ha concluido con el último modo de producción: el capitalista.
Y entonces, ¿cuáles grupos serían los encargados de impulsar ahora los cambios sociales? Y era aquí, justamente, donde, aparecían las nuevas figuras estelares: el precariado, los movimientos identitarios, los sectores medios ilustrados…
De manera que muerto el perro se acababa también la rabia. Y con ello también la vieja idea de la «lucha de clases» quedaba totalmente desactivada, congelada, sepultada, como si de una vieja antigualla del siglo XIX se tratara.
Lucha obrera
LA RESPUESTA: LA CLASE OBRERA NO MURIÓ, CAMBIÓ DE FORMA
El peso de la realidad, sin embargo, resulta invariablemente demoledor. Nos bastaría con observar quiénes son hoy los que producen la riqueza, quiénes están haciendo funcionar el mundo, para que nos tropecemos de bruces nuevamente con una clase trabajadora más numerosa, más diversa y más global que nunca antes en la Historia.
No es este un recurso lacrimógeno a la nostalgia, ni al romanticismo. Se trata de hechos. Hoy, la clase obrera incluye en su seno a millones de personas que trabajan en almacenes logísticos, cadenas de montaje robotizadas, plataformas digitales, cadenas de comida rápida, empresas de limpieza, transporte, servicios sanitarios, agricultura intensiva… Y muchas de ellas en condiciones aún más precarias que las que jamás vivieron antes sus padres o sus abuelos.
En la actualidad, la mayor parte de la población mundial trabaja vendiéndoles a sus patrones su fuerza de trabajo, muchas veces a cambio de salarios miserables, sin derechos y con jornadas extenuantes. Lo que ha cambiado en la clase trabajadora de nuestros días no es su lugar en la pirámide productiva, sino la imagen que tenemos de ella. Ya no es solo el obrero industrial del siglo pasado. Ahora es también la trabajadora migrante de cuidados, el repartidor en bicicleta o el operario de Amazon.
El fin de la lucha de clases
¿CUÁL ES EL ORIGEN DE ESTA IDEA?: UNA ESTRATEGIA IDEOLÓGICA EN TODA REGLA
Entonces, si la clase obrera no ha desaparecido y la base de la pirámide social es más amplia que nunca antes, ¿por qué hay tantos que persisten en mantener lo contrario?
Es justo esta interrogante la que hace irrumpir la dimensión ideológica del asunto. La hipótesis de la desaparición de la clase trabajadora no es neutra ni inocente: responde a un intento deliberado de intentar borrar del mapa al sujeto realmente peligroso para el orden establecido.
A finales del siglo XX, cuando los movimientos obreros vivían crisis profundas y los partidos comunistas occidentales se desmerengaban tras la caída de la Unión Soviética, surgió una intensa ofensiva teórica desde Universidades, medios de comunicación y think tanks.
Se trataba de crear una suerte de nuevo sentido común, en el que el conflicto de clases pasaba a ser una cosa del pasado y, por tanto, ese fenómeno propio de todas las sociedades divididas en clases sociales, perdería su carácter de motor de la Historia.
Este relato fue útil para justificar la desmovilización, para la promoción de políticas neoliberales y para quebrar y debilitar a sindicatos y partidos de izquierda que ya habían dado previas muestras de su opción por prácticas y concepciones reformistas y socialdemócratas. Y preciso es reconocer que en no pocos casos lo lograron.
Más estrellas. Postal
LOS DATOS DESMIENTEN LA HISTORIETA
Frente a ese mito de la desaparición de la clase obrera, la realidad de los datos nos hablan alto y claro. A inicios del siglo XXI más del 50% de la población mundial activa estaba empleada en sectores típicamente obreros: manufactura, construcción, transporte, servicios operativos. Y esa proporción crece si incluimos a quienes trabajan en condiciones informales, pero bajo relaciones de explotación.
Además, el proceso de globalización económica que se ha producido en el último decenio no solo no ha reducido cuantitativamente las filas de la clase obrera, sino que además la ha expandido exponencialmente. La deslocalización industrial arrastró a millones y millones de personas en Asia, América Latina y África a integrarse en sistemas de producción capitalistas. Hoy hay obreros en Vietnam cosiendo ropa para Europa, en Bangladesh montando componentes electrónicos para EE.UU., en México ensamblando autos para Alemania.
Muy lejos de desaparecer, lo que ha ocurrido con la clase obrera es que esta se ha mundializado. Y con ella, también han crecido las resistencias anticapitalistas, pero ahora no solo ubicadas en países industrializados de Occidente, sino también en el resto del planeta: huelgas, movimientos sindicales, protestas en plataformas, sindicatos independientes y hasta nuevas formas de organización en redes digitales.
Capitalismo estruja obreros
EFECTOS POLÍTICOS: LA IZQUIERDA SIN SU MOTOR
Aceptar el mantra de que la clase obrera había desaparecido ha tenido, no obstante, consecuencias devastadoras para los movimientos políticos de izquierda.
Cuando la izquierda dejó de mirar hacia el mundo del trabajo, comenzó a perder definitivamente su brújula. Partidos Comunistas con un largo y heroico historial, comenzaron a reconvertir rápidamente sus programas, sustituyéndolos por una retórica “ciudadanista” y vacía, centrada en «el individuo», en «la gestión» y el «buen gobierno».
Fueron aquellos tiempos en los que se empezó a hablar más de «sociedad civil» que de “clases”. Más de “derechos individuales”, que de condiciones materiales y «derechos colectivos».
Los sindicatos, por su parte, se replegaron a sus sedes burocráticas institucionalizadas, convirtiéndose en eficaces gestores e intermediarios entre la patronal y sus propios afiliados. No pocos de ellos terminaron aceptando el relato paradójico de que «los obreros eran cosa del pasado».
Dejaron de organizar a los trabajadores precarios, a los jóvenes o a los migrantes. Se convirtieron en gestores de convenios para una minoría estable, en lugar de ser estructuras e instrumentos de lucha y de combate social para el conjunto de los explotados.
Paralelamente, no pocos movimientos identitarios, ecologistas o feministas, carentes de una base común que los conectara con el lugar que cada uno ocupa en las relaciones de producción, terminaron fragmentándose y una buena parte de ellos, integrándose plenamente en el sistema.
Ciertamente que la clase obrera no lo es todo, pero sin ella no hay cambio estructural posible. Porque es la única clase social que posee el poder real del que no dispone ningún otro grupo social: parar la producción y, también, de reorganizarla.
Capitalismo es dinero por muerte
VOLVER A MIRAR HACIA ABAJO
Parece evidente, que no se puede transformar el mundo sin contar con la clase que lo hace funcionar. Ignorar a la clase trabajadora –o darla por desaparecida– equivale a renunciar a cualquier proyecto serio de transformación social. Por eso, hoy la tarea urgente es doble: por un lado, recuperar la centralidad del trabajo como categoría política; por otro, aprender a mirar al nuevo proletariado, con sus rostros múltiples y sus luchas invisibles.
Esto nos obliga a dejar de lado los clichés. La clase obrera no es solo blanca, masculina, sindicalizada y con mono azul. Hoy es también migrante, femenina, morena, negra, joven y precarizada. Y no siempre se organiza en sindicatos tradicionales, pero sigue siendo la clase que lo produce todo: alimentos, electricidad, ropa, viviendas, transporte, tecnología, cuidados.
Clase obrera dirige
¿Y AHORA QUÉ? REDESCUBRIR LA CLASE COMO SUJETO COLECTIVO
Este redescubrimiento no es solo teórico. Tiene implicaciones muy concretas. Para los partidos de la izquierda significa volver a tener una política de clase, es decir, una estrategia que parta de las necesidades, los conflictos y los intereses de quienes viven de su trabajo. Para los sindicatos, debe significar abrirse a los nuevos sectores laborales, repensar sus formas organizativas y volver a ser estructuras de combate y de lucha que históricamente habían sido.
Y para quienes militan en cualquier área progresista, implica también entender que todas las luchas –feministas, antirracistas, ambientalistas– podrán fortalecerse solo si se articulan con las del mundo del trabajo. Porque la dominación del capital no solo se sostiene con ideas, sino sobre todo con la explotación cotidiana del trabajo humano.
La hipótesis de la desaparición de la clase obrera ha sido, en el fondo, un deseo frustrado: el intenso deseo de los poderosos de que su mayor amenaza desapareciera. Pero como tantas veces en la historia, la realidad se obstina en no seguir el guion preestablecido. Lejos de haberse desvanecido, la clase obrera está ahí, más diversa y mundializada que nunca, esperando el momento para volver a ser protagonista.
Y quienes quieran cambiar el mundo no pueden seguir ignorándola.
La empresa alemana de autos de lujo Porsche comunicó esta semana que sus beneficios operativos cayeron un 99 % en los primeros tres trimestres del año respecto al mismo periodo de 2024.
En su informe financiero, la compañía comparó sus ganancias operativas obtenidas en los primeros tres trimestres (40 millones de euros) con las registradas en el mismo período de 2024 (4.035 millones de euros). Porsche atribuyó el desplome a las difíciles condiciones de mercado en China, los efectos extraordinarios relacionados con la producción de baterías y los aranceles estadounidenses.
Adicionalmente y tras una estrategia fallida, la compañía anunció que ahora apostará por el regreso de ciertos modelos a combustión, pausando algunos de sus proyectos de autos eléctricos.
«Nuestros resultados de este año reflejan las cargas derivadas de nuestra reorientación estratégica. Sin embargo, estas medidas son esenciales. Aceptamos conscientemente unos indicadores financieros temporalmente más débiles para reforzar la resiliencia y la rentabilidadde Porsche a largo plazo«, afirmó Jochen Breckner, miembro de la junta ejecutiva para finanzas.
Porsche era considerada como una importante fuente de ganancias para el grupo Volskwagen. Sin embargo, medios locales afirman que el fabricante se encaminaría hacia su segundo año consecutivo de caída en ventas, con un 6 % menos de entregas a sus clientes.
Desde la década de los noventa hasta la actualidad, África ha sido escenario de una maraña de crisis (políticas, golpes de estado, guerras civiles, terrorismo, crimen organizado multinacional, piratería marítima, choques fronterizos) que nunca son simplemente convulsiones internas. Son producto de un sistema mundial de dominación, mantenido mediante alianzas ocultas, injerencias y redes de patrocinio dispersas. Sin embargo, durante la última década, un actor importante, China, y el bloque del Sur, que oscila en torno a los Brics y la OCS, han desempeñado un papel de contrapeso, interviniendo no para someter, sino para cooperar. El cambio está alterando gradualmente la arquitectura mundial de fuerzas.
África es un continente maltratado, pero no vencido. De Bamako a Jartum, de Trípoli a Kinshasa, el derramamiento de sangre y las ruinas acumuladas revelan una amarga verdad: la de un continente secuestrado por las convulsiones políticas de un orden internacional unipolar en sus últimas etapas. Desde la independencia, cada década ha visto a África convertirse en un laboratorio para las ambiciones occidentales, un escenario de experimentación militar, política y económica donde, bajo la apariencia de ayuda y democracia, se reproducen viejos reflejos coloniales. Es precisamente en este escenario saturado de tragedias recurrentes que China, paciente y metódicamente, por supuesto, ha emergido como el actor del reequilibrio, transformando la dependencia en asociación y la crisis en una oportunidad para recuperar la soberanía.
Desde 2011, año de la dislocación y el desmembramiento de Libia bajo las bombas de la OTAN (preludio de la reacción en cadena de desestabilización en el Sahel), África ha entrado en una era de agitación orquestada. La caída de Gadafi, piedra angular de la estabilidad regional, desató una oleada de armas y milicias que invadieron Mali en 2012, Burkina Faso en 2015 y Níger en 2023. Los sucesivos golpes de Estado —Mali (2020, 2021), Burkina Faso (2022), Níger (2023)— no son anomalías africanas, sino síntomas de un desorden político deliberado: el de un Occidente que, tras destruir los equilibrios, se erige en un bombero incendiario, distribuyendo sanciones, mandatos judiciales y bases militares bajo el pretexto de la “estabilidad democrática”.
Al mismo tiempo, en el este del Continente, otras heridas se estaban cerrando: la guerra de Tigray en Etiopía (2020-2022), el resurgimiento de los enfrentamientos en los Kivus de la República Democrática del Congo (2023-2025), la guerra fratricida en Sudán entre el ejército y las Fuerzas de Apoyo Rápido (abril de 2023), por no hablar de Sudán del sur, desgarrado por la guerra civil desde 2013. Estas tragedias se suman a la crisis en curso en la República Centroafricana (desde 2012), las tensiones poselectorales en Costa de Marfil (2010-2011) que siguen polarizando la escena política nacional y probablemente afecten a las elecciones presidenciales previstas para el 25 de octubre de este año, y la fragilidad crónica de los Estados del Golfo de Guinea.
En todas partes, el mismo escenario: la mano invisible de las antiguas potencias coloniales y sus representantes transatlánticos, alimentada por la lógica del caos, la extracción y el control. Además, la crisis sudanesa ha alcanzado un nuevo nivel de horror extremo desde 2023: el enfrentamiento entre el ejército del general Abdel Fattah Al Buhan y las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR) encabezadas por Mohammed Hamdan “Hemetti” ha desembocado en una guerra civil a gran escala. Hasta la fecha, se han registrado más de 150.000 muertos y 13 millones de desplazados, mientras que Darfur se hunde en un abismo de violencia étnica y fragmentación.
Occidente destruye, China construye
Tantas crisis, tantos lugares, tantas fechas: cada una de ellas demuestra que África no es producto de la casualidad, sino un receptáculo de desorden impuesto. En este contexto, China, lejos de ser un “creador de deuda”, ofrece un modelo alternativo.
Frente a esta fábrica de desastres, China ha elegido otro camino. Desde su primer Libro Blanco sobre África (2006), Pekín ha privilegiado el diálogo político, el desarrollo económico y una mediación discreta pero firme. Donde Occidente bombardea, China construye; donde Washington sanciona, Pekín negocia; mientras París se refugia en la nostalgia de un imperio perdido, Pekín construye infraestructuras, hospitales y corredores económicos. La Nueva Ruta de la Seda, propuesta en 2013, ha convertido a África en un pilar del diseño multipolar. Más de 50 países africanos participan actualmente, transformando los puertos de Mombasa, Yibuti, Lagos y Dar es Salaam en encrucijadas estratégicas para el comercio euroasiático. Estas inversiones no se limitan a la economía: refuerzan la paz a través de la prosperidad, una palanca que ningún ejército extranjero puede ofrecer.
Por ejemplo, en la República Centroafricana, la diplomacia china apoyó el proceso de estabilización iniciado bajo la égida de la Unión Africana y Rusia, demostrando que la seguridad no se puede decretar desde Bruselas ni Washington, y mucho menos desde Londres, sino que se construye mediante el respeto a la soberanía. En la República Democrática del Congo, China invirtió en la reconstrucción de infraestructuras y en el sector minero, promoviendo un enfoque de beneficio mutuo justo cuando las multinacionales occidentales continuaban saqueando el cobalto y el coltán para sus industrias de alta tecnología. En Sudán y Sudán del Sur, Pekín asumió un discreto papel de mediador, enviando a sus diplomáticos a las negociaciones de Adís Abeba y posteriormente a los foros regionales de la IGAD (*), manteniendo al mismo tiempo una presencia económica constante. En Somalia, la cooperación china facilitó el desarrollo del puerto de Mogadiscio y el entrenamiento de la guardia costera, contribuyendo así a reducir la piratería marítima donde la intervención militar occidental había fracasado.
Desde sus inicios, Pekín estableció el Foro de Cooperación China-África (FOCAC), pero fue en las décadas de 2010 y 2020 cuando se convirtió en un instrumento de infraestructura, inversión y mediación. Por ejemplo, en 2024, China firmó importantes acuerdos con Chad y Senegal para infraestructura eléctrica, hídrica y de defensa, otorgando mayor peso a los Estados que a los donantes condicionales. En Mali, la relación estratégica se ha fortalecido y China ha invertido en las necesidades malienses, proporcionando apoyo en infraestructura a un país asolado por el terrorismo, las insurrecciones y la agitación política.
Esta postura también se ha reflejado en la diplomacia. En 2022 China apoyó la conferencia “Iniciativa de Paz, Buen Gobierno y Desarrollo del Cuerno de África”, que reunió a los países de la región (Etiopía, Yibuti, Somalia, Kenia) en torno a un diálogo centrado en la paz y el desarrollo, sin interferencias. Los efectos de esta diplomacia no intrusiva son aún más poderosos porque se interconectan con la expansión de los Brics y el Nuevo Banco de Desarrollo (NDB), que financian infraestructuras en África sin condiciones moralizantes. Muchos son estados africanos que, al unirse al bloque Brics (Egipto, Etiopía), fortalecen su autonomía diplomática frente a las antiguas potencias.
Una revolución silenciosa
Este cambio estratégico no reconforta a quienes añoran el unipolarismo occidental. Desestabiliza las narrativas según las cuales Occidente es la única civilización. Donde Washington sanciona nombrando a terroristas, Pekín invierte abriendo rutas; donde París proclama la paz para imponer bases, China propone primero el desarrollo, el único camino hacia el progreso.
Pero es a nivel mundial donde el alcance de esta acción adquiere un carácter histórico. China, a través de sus alianzas dentro de los Brics y la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), está articulando un nuevo paradigma: el del multipolarismo para la consolidación de la paz. Al integrar a nuevos miembros y socios africanos (Egipto, Etiopía, Nigeria), los Brics se están convirtiendo en la primera plataforma donde África puede hablar en igualdad de condiciones con las potencias emergentes. En este contexto, China promueve un modelo de resolución de crisis basado en el desarrollo inclusivo, la no injerencia y el respeto mutuo, principios que las antiguas potencias occidentales nunca han querido aplicar.
El impacto político es asombroso. África deja de ser una periferia para convertirse en un centro, un actor clave en la reestructuración mundial. Al apoyar la paz mediante la infraestructura, Pekín está transformando la naturaleza misma del poder internacional. La antigua ecuación colonial de inestabilidad = dependencia se invierte ahora en cooperación = soberanía. Esta dinámica horroriza a los defensores del mundo unipolar: ver cómo el continente que creían eternamente subyugado se emancipa gracias al acero chino, a las vías de desarrollo y a la diplomacia del respeto.
La cruda realidad es evidente: las crisis africanas no son el resultado de una incapacidad endógena, sino de un parasitismo exógeno organizado. China ataca esta causa sistémica que resulta inquietante. Al apoyar los procesos de reconciliación en Mali, ofrecer alternativas económicas a las sanciones occidentales contra Níger, invertir en la reconstrucción de Mozambique tras el terrorismo o proponer planes de paz realistas para Sudán, China no solo está ayudando: está reconfigurando el mapa.
Al observar las principales crisis africanas —Costa de Marfil (2002-2003), Mali (2020, 2021), Burkina Faso (2022), Níger (2023), Sudán (desde 2023) y la República Democrática del Congo (2025)—, comprendemos que estas rupturas estructurales no ocurren en el vacío. Son momentos en los que la soberanía y la dependencia colisionan. China, como socio alternativo, se encuentra hoy en el centro de este choque silencioso.
La contribución de China a la resolución de las crisis africanas no es una mera asistencia: es una revolución silenciosa que enfrenta excavadoras contra bombas, comercio contra coerción, solidaridad contra cinismo. En este cambio, todo el orden mundial se tambalea, para gran consternación de quienes añoran el unipolarismo euro-estadounidense-atlántico. El siglo XXI no será el de las intervenciones humanitarias, sino el del despertar del sur mundial, orquestado por una alianza de razón y respeto. África, considerada durante mucho tiempo el punto débil del mundo occidental, se está convirtiendo ahora en el corazón palpitante del multipolarismo, y China, en su catalizador estratégico.
(*) La IGAD es la Autoridad Intergubernamental de Desarrollo, una organización regional de África oriental que se formó en 1986. Su objetivo principal es promover la cooperación y el desarrollo económico, así como la paz y la seguridad en la región. Está compuesta por ocho Estados miembros: Djibouti, Eritrea, Etiopía, Kenia, Somalia, Sudán del Sur, Sudán y Uganda.
Además de abordar cuestiones económicas, la IGAD también se involucra en la resolución de conflictos y la gestión de crisis, especialmente en contextos de sequía y desastres naturales. Su enfoque busca mejorar la vida de las personas en la región a través de iniciativas de desarrollo económico y cooperación política.
Pepe Escobar.— EN LA RUTA DEL SUR DE LA SEDA – La seda es materia de leyenda. Literalmente. Al principio, fabricada solo en China, la seda no solo era un producto de lujo, sino también una unidad monetaria: un elemento clave del comercio y los ingresos por exportación.
En el año 105 a. C., una misión diplomática china sin precedentes llegó a Persia, entonces dominada por los partos, que también ocupaban Bactriana, Asiria, Babilonia y partes de la India.
Bajo la dinastía Arsácida, que duró cuatro siglos y fue contemporánea de la dinastía Han en China, los partos eran en aquella época los intermediarios esenciales del comercio transcontinental. Los chinos y los partos se sentaron a discutir, cómo no, negocios.
El Imperio romano se enfrentó a graves problemas con los partos, entre la derrota masiva de Craso en Carrhae en el año 53 a. C. y la victoria de Septimus Severus en el año 202. Entre medias, la seda llegó a Roma. A lo grande.
La primera vez que los soldados romanos vieron la seda fue en la batalla de Carrhae. Cuenta la leyenda que las banderas de seda desplegadas por el ejército parto, con su brillante atractivo y su estruendo bajo los fuertes vientos, asustaron a la caballería romana: se trata del primer caso en el que la seda contribuyó a acelerar el declive del Imperio romano.
Bueno, lo que importa es que la seda provocó nada menos que una revolución económica. La República Romana y luego el Imperio tuvieron que exportar oro como si no hubiera un mañana para conseguir su seda.
Al dominio parto le siguió la Persia sasánida. Reinaron hasta mediados del siglo VII, y su imperio se extendía desde Asia Central hasta Mesopotamia. Durante bastante tiempo, los sasánidas encarnaron el papel de gran potencia entre China y Europa, hasta las conquistas del Islam.
La Ruta de la Seda, la antigua vía china: de Xi’an a Alejandría, no a Roma. Foto: P.E.
Imaginemos, pues, al comienzo de la era cristiana, rollos de seda transportados por tierra a lo largo de toda la Ruta de la Seda.
Lo fascinante es que Roma y China nunca (cursiva mía) entraron en contacto directo, a pesar de todos los personajes (comerciantes, aventureros, falsos “embajadores”) que lo intentaron.
Paralelamente, también existía una Ruta Marítima, que ya estaba en funcionamiento en la época de Alejandro Magno y que más tarde se convirtió en la Ruta de las Especias. Así fue como los chinos, persas y árabes llegaron a la India.
Desde la dinastía Han, los chinos llegaron no solo a la India, sino también a Vietnam, Malasia y Sumatra. Sumatra pronto se convirtió en un importante centro de distribución marítimo, al que llegaban continuamente barcos árabes.
En un sentido más lejano, fue el descubrimiento de las reglas del monzón, en el siglo I a. C., lo que permitió a los romanos llegar también a las costas occidentales de la India.
Así, la seda llegó a Roma por tierra y por mar, a través de muchos intermediarios diferentes. Sin embargo, Roma nunca supo nada sobre el origen de la seda, ni fue más allá que los griegos en su vacilante conocimiento de la lejana y misteriosa tierra de Seres.
Bajé al cruce de caminos (Pamir)
Después de mediados del siglo I, el imperio kushan, en realidad indo-escita, adquiere un papel protagonista en el sur de Asia Central, en lo que entonces se conocía como Turquestán Oriental.
Los kushan, rivales de los partos en su papel de mensajeros del comercio internacional, no solo facilitaron la difusión del budismo, sino también del arte gandhara (greco-budista) (algunos originales aún se pueden encontrar hoy en día, a precios exorbitantes, en galerías de arte de Hong Kong y Bangkok).
Sin embargo, más adelante, las reglas del juego nunca cambiaron sustancialmente: los dos grandes polos de la Ruta de la Seda, la Persia sasánida y Bizancio, se enzarzaron en una auténtica guerra industrial a muerte con la seda como principal protagonista. El secreto de la fabricación de la seda ya se había filtrado al sur de Asia.
Esta guerra comercial se complicó aún más con la invasión de las tribus turcas en Asia Central y el surgimiento de un reino comercial en Sogdiana (con Samarcanda en el centro).
A mediados del siglo VII, la dinastía Tang recuperó el control sobre partes de la Ruta de la Seda gobernadas por los reinos de la cuenca del Tarim.
Era absolutamente necesario para que el comercio pudiera continuar, ya que las rutas de las caravanas que atravesaban estos reinos rodeaban y evitaban, por el norte y el sur, el temible desierto de Taklamakan, como siguen haciendo hoy en día.
La China Tang quería el control absoluto de todo el trayecto, al menos hasta las montañas del Pamir, donde, en la legendaria torre de piedra descrita incansablemente por los aventureros, pero nunca localizada con total certeza, las caravanas escitas, partas y persas se encontraban con las caravanas chinas para comerciar con la preciada seda y otros productos.
La torre de piedra: el fuerte de Tashkurgan, punto de referencia entre China y el resto de Eurasia. Foto: P.E.
La torre de piedra mencionada por geógrafos de renombre como Ptolomeo es, en realidad, el fuerte de Tashkurgan, situado en las montañas del Pamir: un lugar estratégico, a caballo entre la Ruta de la Seda, y hoy en día una importante atracción turística muy cerca de la carretera del Karakórum.
La torre de piedra es el hito simbólico entre el mundo chino y el resto de Eurasia: al oeste se encuentra el mundo indo-iraní.
Recorrí la carretera del Pamir en Tayikistán antes de que la COVID lo interrumpiera todo. Esta vez, nuestra minicaravana atravesó las tierras del Pamir a lo largo y alrededor de la carretera del Karakórum, de camino a la frontera entre China y Pakistán: ahora es territorio privilegiado del Corredor Económico China-Pakistán (CPEC), un pilar fundamental de la BRI.
En la carretera del Karakórum, el camino del Pamir. Foto: P.E.
Es el Pamir el que, en la época de la antigua Ruta de la Seda, permitía llegar al oasis de Kashgar.
El Pamir forma un gigantesco nudo montañoso entre los límites occidentales del Himalaya, el Hindu Kush y las laderas meridionales del Tian Shan.
Las curvas y giros de la antigua carretera Panlong, en las tierras del Pamir. Foto: P.E.
Esta ha sido siempre la encrucijada clave entre el comercio triangular que une el norte de la India, el este de Asia Central —con China cerca— y el oeste de Asia Central, con las estepas no muy lejos.
China se encuentra con el islam: un gran “¿y si…?” histórico.
La seda, con un gran valor como unidad de capitalización y comercio, tenía un papel mucho más importante que su uso.
En Bizancio, la seda era objeto de un monopolio imperial. Todo estaba estrictamente regulado: las profesiones, los talleres estatales donde trabajaban las mujeres y las costumbres. El Estado protegía su monopolio mediante una burocracia feroz.
Mientras tanto, la Ruta Marítima estaba en auge. Srivijaya, una potencia budista y marítima, controlaba el siempre crucial estrecho de Malaca desde la isla de Sumatra. Es en este contexto donde el islam entra en escena.
Así como la historia dictaminó que Roma y China nunca se encontrarían directamente a lo largo de la Ruta de la Seda, también dictaminó una separación tajante entre el islam y China. O intentemos imaginar si China, a mediados del siglo VIII, se hubiera convertido en una tierra islámica.
La batalla de Talas, en 751, en lo que hoy es Kirguistán, enfrentó a China con los árabes. Y su resultado acabó para siempre con cualquier capricho chino de conquistar Asia Central.
Hoy, con las Nuevas Rutas de la Seda/BRI, la historia es otra: la proyección del poder comercial y de inversión chino en todo el Heartland y más allá.
Interpenetración cultural: Bujará se encuentra con Kashgar. Foto: P.E.
A principios del siglo VIII, el protagonista fue el general Qutayba ibn Muslim, de la dinastía omeya. Primero conquistó Bujará y Samarcanda; cruzó el valle de Ferganá y las montañas de Tian Shan, y casi llegó a Kashgar.
El gobernador chino de la época, intuyendo que Qutayba podría estar a punto de apoderarse de las tierras chinas, le envió una bolsa llena de tierra, unas pocas monedas y cuatro príncipes como rehenes. Calculó que así el conquistador árabe no perdería prestigio y dejaría en paz al Imperio Medio.
Por increíble que parezca, este acuerdo duró medio siglo. Hasta la batalla de Talas. Ahora compárelo con Poitiers en 732, un siglo después de la muerte del profeta Mahoma.
Sin duda, podemos interpretar Talas y Poitiers, en conjunto, como los dos hitos clave de cómo el islam estaba a punto de extenderse por toda Eurasia (incluida la península europea), creando un imperio político-militar desde Roma hasta Chang’an (la actual Xian).
Bueno, eso no sucedió. Aun así, es uno de los “qué pasaría si” más extraordinarios de la historia.
La importancia de la batalla de Talas, prácticamente ignorada en Occidente, salvo en círculos académicos muy selectos, es realmente enorme. Entre otras cuestiones, impuso una nueva circulación de técnicas.
Los árabes se llevaron consigo a artesanos, expertos en sericultura, pero también a fabricantes de papel. Al principio se crearon talleres en Samarcanda. Más tarde, en Bagdad y en todo el califato.
Así, junto a la Ruta de la Seda, asistimos al nacimiento de una muy transitada Ruta del Papel.
Desiertos, montañas, oasis… y sin «mano de obra esclava».
Recorrer las autopistas de Xinjiang grabando un documental después de recorrer la antigua Ruta de la Seda desde Xian hasta el corredor de Gansu es un viaje histórico incomparable, ya que podemos rememorar en detalle siglos de agitación en Asia Central hasta el declive de algunas culturas locales preislámicas en el siglo IX.
Es emocionante volver a conectar con los principales actores: uigures, chinos han, sogdianos, indios, nómadas, árabes, tibetanos, tayikos, kirguisos y mongoles.
Una extraordinaria exposición sobre la Ruta de la Seda que se celebra actualmente en el museo de Gansu, en Lanzhou. Foto: P.E
Los grupos nómadas que se proclamaron herederos de los feroces xiongnu procedían del noroeste de Mongolia y de las montañas de Altái. Durante el siglo IV, incorporaron a varios pueblos nómadas antiguos del oeste de Asia Central, lo que provocó una profunda remodelación del panorama político y étnico.
Los xiongnu saqueaban de forma intermitente partes del norte de China, y en ocasiones se les atraía con importantes intercambios comerciales, se les ofrecían tributos o simplemente se les sobornaba para que se mantuvieran alejados.
En realidad, los xiongnu tenían una rama establecida en China y separada durante al menos dos siglos de las anteriores: acabaron tomando Samarcanda en el año 350.
Más tarde, fueron los turcos los que volvieron a llegar desde Mongolia (no se lo digáis a Erdogan, porque no lo sabría), unificando la estepa en el siglo VI, mucho antes de la llegada del islam.
Podría decirse que el imperativo clave de la Ruta de la Seda es el contraste/dicotomía entre el desierto y los oasis.
La austera belleza del feroz Taklamakan. Foto: P.E.
Desiertos como el Taklamakan y el Gobi, entre otros, así como estepas áridas y montañas, se encuentran entre los más inhóspitos del planeta: estas son las características esenciales de lo que suma aproximadamente 6 millones de km2.
Lo que es muy raro en Asia Central son las tierras cultivadas (aunque podemos ver una sucesión de campos de algodón) o los buenos pastos (los podemos ver en el corredor de Gansu, e incluso en las tierras del Pamir, cerca del imponente Muztagh Ata). Aun así, los desiertos y las montañas lo dominan todo.
Buenos pastos en las tierras del Pamir. Foto: P.E.
Por supuesto, algunos oasis son más iguales que otros. Khotan es el oasis más importante de la Ruta de la Seda del Sur, no muy lejos de la inmensa y desierta meseta tibetana.
Es fabuloso para la agricultura, pero, sobre todo, gracias a un cono aluvial, para las piedras preciosas, especialmente el jade, que se suministró durante más de 2000 años a todas las dinastías chinas. En Khotan se hablaba una lengua iraní, cercana a las de los antiguos nómadas saka y escitas, señores de las estepas.
El carácter chino que significa «seda» inscrito en jade frente a una fábrica en Khotan. Foto: P.E.
El reino de Khotan era un feroz rival de los oasis más al oeste, Yarkand y Kashgar. Solo estuvo bajo control chino de forma intermitente. Y es posible que fuera conquistado por los kushanos en el siglo II.
La influencia india es omnipresente, como aún podemos ver en los patrones de la vestimenta y la comida del mercado nocturno. En el siglo III, el budismo ya era una influencia importante, con los testimonios más antiguos en la cuenca del Tarim.
La Ruta de la Seda, en realidad varias rutas, es, por supuesto, la Ruta Budista. En Dunhuang, en el corredor de Gansu, el budismo también era popular desde el siglo III: un famoso monje local, Dharmaraksa, fue discípulo de un maestro indio.
Las multitudes budistas de Dunhuang eran una mezcla de chinos, indios y centroasiáticos, lo que una vez más da testimonio de la interpenetración incesante de las culturas.
La caravana de camellos en la era del auge del turismo nacional, a las afueras de Dunhuang. Foto: P.E.
La metáfora shakesperiana “el mundo es un escenario” se aplica perfectamente a la historia de la Ruta de la Seda: todos esos actores procedentes de todos los rincones del corazón del país desempeñaban históricamente varios papeles, a veces todos a la vez, una apoteosis de los “intercambios entre pueblos” acuñados por Xi Jinping.Ese es el espíritu de la Antigua y la Nueva Ruta de la Seda.
Tocando el blues uigur. Foto: P.E.
Tuvimos la suerte de estar de viaje justo en medio del 70.º aniversario de la creación de la Región Autónoma Uigur de Xinjiang.
Entre los muchos logros del socialismo con características chinas en Xinjiang en términos de desarrollo sostenible, la domesticación del Taklamakan —o “mar de la muerte”— es única en el mundo.
Cruzamos el Taklamakan desde la Ruta de la Seda del Norte en Aksu hasta la del Sur, cerca de Keriya, y experimentamos de todo, desde la impecable autopista bordeada por los juncos que componen el “cubo mágico de China” —para mantener alejada la arena— hasta algunos de los 3046 km de cinturón verde que bloquea la arena, con plantas como el álamo del desierto y el sauce rojo.
El Taklamakan siempre ha sido el centro de las tormentas de arena, una gran amenaza para la sucesión de oasis.
El terreno que rodea los oasis es muy duro: desiertos, montañas áridas, tierras baldías del Gobi, suelos pobres, vegetación escasa, pocas precipitaciones, alta evaporación y aire seco.
Bueno, lo que vemos hoy en día comenzó incluso antes de que se lanzara la campaña “Go West” en 1999: desde 1997, una serie de organismos centrales y estatales, empresas estatales centrales y 14 provincias y municipios chinos han enviado una gran cantidad de fondos y personal para desarrollar adecuadamente Xinjiang.
Ahora comparemos todo eso con la investigación original compartida en una conferencia académica sobre Xinjiang organizada recientemente por la Universidad de Ciencia y Tecnología de Hong Kong y la Universidad de Hong Kong, mis vecinas cuando vivía en el Puerto Fragante.
La investigación mostró cómo el MI6 británico, desde la década de 1990, estaba instrumentalizando a una minoría de uigures junto con una campaña global de relaciones públicas con el objetivo explícito de dividir China en tres partes.
Eso se convirtió en las acusaciones de “genocidio” inventadas por la CIA en los últimos años y, por supuesto, en las masas de “trabajos forzados” que apenas sobreviven en campos de concentración/reeducación.
En nuestros extensos viajes, guiados por uigures, estábamos decididos a encontrar mano de obra esclava en los campos de algodón a lo largo de la Ruta de la Seda del Norte o en medio del Taklamakan. Bueno, lo siento: no existen.
Sin embargo, la propaganda fue esencial para reclutar a montones de uigures para el ISIS, incluido su considerable contingente en Idlibistán, que ahora deambula libremente entre Siria y la frontera turca.
No se atreverían a volver a Xinjiang y enfrentarse a los servicios de inteligencia chinos.
Olvídate de la propaganda bárbara. Lo que realmente importa, históricamente, es que las antiguas Rutas de la Seda, así como Xinjiang, pueden ser la encrucijada definitiva de las civilizaciones.
A lo largo de Asia Central, son el corazón (latente) del Heartland. Y ahora, una vez más, vuelven a ser protagonistas en el corazón de la Historia.
«Cuando ahora suenan los llamamientos a un cese del fuego, entendemos que, en efecto, simplemente quieren ganar tiempo otra vez. Esta lógica arraigada profundamente en la cabeza y la mentalidad de Zelenski es absolutamente evidente para cualquier observador objetivo», destacó en una entrevista con el canal húngaro de YouTube ‘Ultrahang’.
En sus palabras, los europeos «se esfuerzan para torcer los brazos» de la Administración de EEUU al demandar «solo» un alto el fuego inmediato.
«Ahora los europeos tratan de dominar en la agenda con su retórica del cese del fuego. Cambian su postura en función de lo que sucede en la línea del frente», subrayó.
Enfatizó que es «injusto» preguntar cuándo Rusia aceptará un alto el fuego sin eliminar las causas profundas del conflicto.
«Sería justo que uno diga a los ucranianos que restauren, sobre todo, los derechos lingüísticos, todos los derechos de las minoridades nacionales, porque está fijado en su Constitución», aclaró.
Rusia continúa desde el 24 de febrero de 2022 la operación militar especial en Ucrania, cuyos objetivos son proteger a la población de un genocidio por parte de Kiev y atajar los riesgos de seguridad nacional que representa el avance de la OTAN hacia el este.
El cierre parcial del Gobierno de Estados Unidos, que ya se extiende por 26 días, amenaza con dejar sin cupones de alimentos o con asistencia reducida a más de 40 millones de personas de bajos ingresos.
Así han advertido desde el Departamento de Agricultura (USDA), desde donde alertan que no utilizarán fondos de contingencia para el Programa de Asistencia Nutricional Suplementaria (SNAP) en noviembre, una medida que los demócratas catalogan como una «ofensa cruel» diseñada para presionar políticamente, pero en la práctica implica dejar desamparadas a numerosas familias que solamente cuentan con estos bonos para su alimentación.
La situación se tornó crítica luego de que el Departamento de Agricultura de EE.UU. amenazara con retener miles de millones de dólares del fondo de contingencia del Programa de Asistencia Nutricional Suplementaria (SNAP) si el cierre gubernamental se extiende más allá del 31 de octubre. Este fondo fue asignado por el Congreso justamente para situaciones de emergencia.
Actualmente, el fondo de contingencia dispone de entre cinco mil millones y seis mil millones de dólares. Sin embargo, esta cifra es insuficiente para cubrir los ocho mil millones de dólares estimados que se requieren para entregar la totalidad de los beneficios del SNAP el próximo mes, aunque permitiría pagos parciales a los beneficiarios de bajos ingresos.
La controversia pone de manifiesto cómo el pulso político en Washington, impulsado por intereses partidistas, impacta directamente en la seguridad alimentaria de más de 40 millones de personas de bajos ingresos. Foto: EFE.
El Departamento de Agricultura (USDA), liderado por la administración republicana, indicó que no utilizará esos fondos para cubrir los beneficios del SNAP, argumentando que el cierre actual«no cumple los requisitos» para el uso de estos recursos, ya que fue creado por los demócratas.
El memorando del USDA señala que usar el dinero en un evento de este tipo sería ilegal, pues el fondo fue diseñado para responder a desastres naturales.
Los demócratas del Congreso han alegado que la administración republicana está empeorando deliberadamente las consecuencias negativas del cierre, incluso teniendo la capacidad de mitigar el impacto en la población vulnerable. Esta acción intenta maximizar la presión sobre los demócratas del Senado para que apoyen un proyecto de ley de gastos del Partido Republicano que permitiría reabrir el Gobierno, pero implicará renunciar a programas sociales como el Medicare.
Las congresistas Rosa DeLauro y Angie Craig reaccionaron con dureza, criticando la maniobra: «Esta es quizás la ofensa más cruel e ilegal que la Administración Trump ha perpetrado hasta ahora: congelar fondos ya promulgados para alimentar a los estadounidenses hambrientos».
Las demócratas contrapusieron el trato a los más vulnerables con la supuesta generosidad del presidente, advirtiendo que Trump «despacha decenas de miles de millones de dólares a Argentina y los lleva a su salón de baile».
La controversia pone de manifiesto cómo el pulso político en Washington, impulsado por intereses partidistas, impacta directamente en la seguridad alimentaria de más de 40 millones de personas de bajos ingresos, quienes ahora enfrentan la incertidumbre de no poder sufragar sus gastos básicos en comestibles.
El presidente de Colombia, Gustavo Petro, expuso este domingo la debilitada capacidad de la Fuerza Aérea del país, que dispone, entre otras aeronaves, de una flota de aviones israelíes Kfir «de hace 50 años» y de helicópteros rusos Mi-17 «bloqueados».
De esta forma respondió el mandatario a una publicación del director de la revista colombiana Semana, Yesid Lancheros, quien señaló que «la ventaja aérea que se había ganado se perderá» debido a la tensión entre Petro y su homólogo estadounidense, Donald Trump. «Cuál ventaja aérea tenemos, una flota de aviones Kfir de hace 50 años y una flota de helicópteros rusos bloqueados», escribió Petro.
Para «adquirir capacidad real y no de mentiras», Petro indicó que ha ordenado adquirir aviones suecos Saab 39 Gripen y «otra flota» de helicópteros de ataque Black Hawk de fabricación estadounidense. Además, «vendrá una flota nueva de helicópteros transportadores de personal europeos», agregó.
La mayor parte de los helicópteros Mi-17, con los que cuenta Colombia, quedó inactiva debido a la falta de mantenimiento que ofrecía la empresa rusa Joint Stock Company National Aviation Service (NASC S.A.), con la que el contrato fue suspendido en 2023 por las sanciones impuestas a la compañía y entidades financieras rusas a raíz del conflicto ucraniano.
En 2024, el Ministerio de Defensa colombiano suscribió un contrato por 32 millones de dólares con la empresa estadounidense Vertol Systems Company para realizar el mantenimiento de seis helicópteros para noviembre de este año. Sin embargo, la firma entregó solo tres aeronaves, por lo cual se abrió en septiembre un proceso sancionatorio.
Este jueves, Petro declaró que, con la crisis de los Mi-17, el Ejército colombiano ha perdido capacidad de operaciones masivas en zona remotas. Comparó las características de los helicópteros rusos con los Black Hawk, señalando que los últimos «no pueden bajar el personal» y solo pueden atacar desde el aire, mientras que los Mi-17 son de «transporte de tropas» y permiten aterrizar y tomar control del territorio.
El llamado del presidente de la CUA se dio a propósito del Día Antisanciones de la SADC, conmemorado este 25 de octubre. Foto: @sadcpf.
El presidente de la CUA, Mahmoud Ali Youssouf, llamó al levantamiento inmediato e incondicional de todas las sanciones unilaterales que hoy pesan sobre la República de Zimbabwe. Youssouf, reafirmó la plena solidaridad de la Unión Africana (UA) con esta nación y su pueblo y señaló que la organización continental se alinea con la postura de la Comunidad para el Desarrollo de África Austral (SADC) sobre la necesidad de poner fin a estas medidas.
A través de un comunicado, expresó profunda preocupación por el continuo impacto negativo de estas acciones coercitivas que se mantienen durante demasiado tiempo, el presidente de la CUA declaró que estas sanciones unilaterales representan un impedimento significativo para el desarrollo socioeconómico de Zimbabwe y de la región de la SADC. Subrayó que, entre otras consecuencias, las medidas coercitivas restringen gravemente el acceso de la nación africana a la financiación internacional, desalientan la inversión extranjera directa y aumentan el coste de las operaciones comerciales.
Youssouf enfatizó que estas acciones obstaculizan directamente el progreso de Zimbabwe hacia su estrategia nacional de desarrollo, Visión 2030, y afectan negativamente la convergencia macroeconómica regional y a los objetivos de integración dentro de la SADC además reiteró el compromiso inquebrantable de la Unión Africana de seguir movilizando apoyo para esa nación hasta que estas medidas punitivas se levanten por completo.
El llamado del presidente de la CUA se dio a propósito del Día Antisanciones de la SADC, conmemorado este 25 de octubre. La Unión Africana considera que las sanciones socavan los esfuerzos colectivos para alcanzar los objetivos de la Agenda2063: El África que queremos, acordada por la Unión Africana, y los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU.
Novela histórica de Dulce Chacón ambientada en la Guerra contra el fascismo en España y lo vivido en sus cárceles de mujeres, a través de la historia de dos hermanas. Estructurada en tres partes, se desarrolla en la posguerra española entre la cárcel madrileña de las Ventas y una pequeña pensión de la calle Atocha. Se desarrolla entre los años 1939 y 1963.
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La mujer que iba a morir se llamaba Hortensia. Tenía los ojos oscuros y no hablaba nunca en voz alta. Sólo cuando la risa le llenaba la boca, se le escapaba un “Ay madre mía de mi vida” que aún no había aprendido a controlar, y lo repetía casi a gritos sujetándose el vientre. Se pasaba gran parte del día escribiendo en un cuaderno azul. Llevaba el cabello largo, anudado en una trenza que le recorría la espalda, y estaba embarazada de ocho meses.
Ya se había acostumbrado a hablar en voz baja, con esfuerzo, pero se había acostumbrado. Y había aprendido a no hacerse preguntas, a aceptar que la derrota se cuela en lo hondo, en lo más hondo, sin pedir permiso y sin dar explicaciones. Y tenía hambre, y frío, y le dolían las rodillas, pero no podía parar de reír.
Reía.
Reía porque Elvira, la más pequeña de sus compañeras, había rellenado un guante con garbanzos para hacer la cabeza de un títere, y el peso le impedía manipularlo. Pero no se rendía. Sus dedos diminutos luchaban con el guante de lana, y su voz, aflautada para la ocasión, acompañaba la pantomima para ahuyentar el miedo.
El miedo de Elvira. El miedo de Hortensia. El miedo de las mujeres que compartían la costumbre de hablar en voz baja. El miedo en sus voces. Y el miedo en sus ojos huidizos, para no ver la sangre. Para no ver el miedo, huidizo también, en los ojos de sus familiares.
Era día de visita.
La mujer que iba a morir no sabía que iba a morir.
Chacón tardó cuatro años en completar la obra, habiendo comenzado a reunir material incluso antes de la publicación de Matar al ángel y Cielos de barro. En ella, Dulce Chacón continuó abordando los difíciles años de la posguerra fascista, novelando los testimonios, recogidos en entrevistas por toda España, de mujeres víctimas de la represión franquista durante los años cuarenta.
La novela obtuvo el premio Libro del Año 2003, otorgado por el Gremio de Libreros de Madrid. En 2009, Barricada publicó el libro-CD La tierra está sorda, con 18 canciones relacionadas con la represión franquista. Según declaró Enrique Villarreal «El Drogas», fue la lectura de La voz dormida lo que les impulsó a crear el libro-CD.
Un buque cisterna que llegó a la región rusa de Leningrado desde el puerto belga de Amberes tenía minas magnéticas fabricadas por la OTAN adheridas a su casco. Los buzos descubrieron minas magnéticas navales fabricadas en uno de los países de la OTAN en el casco, cuando inspeccionaron el barco a su llegada al puerto.
La analista Jennifer Kavana, de Defense Priorities, sostiene que el ruido geopolítico actual apaga el efecto de las señales de disuasión y eleva el peligro de una espiral de escalada.
En los distintos momentos en que se han abierto brechas en los cimientos de este régimen (abdicación del corrupto Juan Carlos de Borbón y su fuga, proceso soberanista en Cataluña y la represión estatal jaleada por Felipe de Borbón, las graves crisis del bipartidismo sistémico...), el PCPE ha señalado la necesidad de ir más allá de un mero cambio en la forma de elección del jefe de estado, y situar la necesidad del poder obrero y del derecho de autodeterminación de los pueblos, incluida su independencia, para poder superar, de una vez por todas, siglos de herencia reaccionaria asentada en los resortes del poder.
Reino Unido, Francia, España, Italia y Canadá bloquearon la propuesta del secretario general de la OTAN, Mark Rutte, de que los aliados destinaran el 0,25 por cien de su PIB de forma anual y obligatoria en ayuda militar para Ucrania.